Diarreas mentales de un pendejo electrónico

El anciano se detuvo frente al portal. Tendría unos 85 años y andaba algo encorvado, llevando un carrito de la compra, no el de los supermercados, sino ese vertical que se tiene en casa para no tener que traer las bolsas clavadas en los dedos. Detuvo a dos hombres de mediana edad que pasaban por su lado y cruzó con ellos unas breves palabras. Uno de los hombres cogió las llaves que le tendía el anciano, abrió el portal y encajó la puerta para que no se cerrara, cogió el carro y subió con él los cuatro o cinco escalones que separaban la entrada del portal del primer descansillo, y volvió a bajar. El anciano estrechó su mano y los hombres prosiguieron su camino. El anciano cerró la puerta, asió el pasamanos e inició la ascensión de los escalones que le separaban del ascensor…
El coche de delante inició la marcha tras ponerse el semáforo en verde, yo aceleré la moto y seguí mi camino, dejando de compartir ese pequeño momento con esas tres personas.

"¡Plum, plum!"
Le despertaron unos golpes secos. Se incorporó un poco y miró el reloj de la mesilla de noche, aunque no llegó del todo a ser consciente de la hora; por la mañana creía que eran cerca de las 2:00, dos horas antes de levantarse para ir a trabajar. Al tiempo que miraba el reloj se dio cuenta de que estaba solo en la cama, de que su mujer no estaba junto a él.
"¡Plum, plum!"
Giró la cabeza y vio a su esposa de pie, junto a la cama, con una zapatilla en la mano, comprendiendo enseguida la situación. Miró la cama y vio a la rubia tratando de huir, al mismo tiempo que escuchaba a ella decir:
- Se me subía por la pierna.
En un acto reflejo cogió su propia zapatilla y le atizó dos golpes más a la rubia, provocando que esta cayera al suelo.
"¡Plas, plas!"
Los golpes de su mujer acabaron con la huida de la rubia, aunque no acabaron con su vida. Vio a su esposa alejarse hacia el cuarto de baño, a por un trozo de papel higiénico con el que envolverla y echarla por la taza del inodoro, donde acabaría su vida.
Mientras ella se alejaba se dejó caer hacia atrás y, como siempre, se durmió antes de que su cabeza tocara la almohada. Su mujer no volvió a dormir en toda la noche.
Malditas cucarachas.



LAS MUJERES NUNCA SE CAEN
Aparecían casi todos los días, excepto los jueves, día de mercado, en la piscina, en el cuadrado de hierba alta cercano a donde yo tendía mi toalla. Se tendían al sol, increíblemente morenas, con las uñas pintadas y alguna joya de oro. Cuando se aburrían de sestear, hablaban de sus cosas, de los hijos y los maridos, con ese aire protector que se reserva para los niños eternos.
También jugaban a las cartas, cada una de ellas con un monedero lleno de pesetas rubias con las que apostaban. Nosotras, las jovencitas, nos llevábamos revistas y gafas de sol tras las que seguíamos los movimientos de los chicos, y adoptábamos posturas rebuscadas para disimular las caderas, los muslos, la desnudez disfrazada en la piscina de pueblo. No se nos hubiera ocurrido llevar una baraja, no teníamos tantos temas de conversación. Padres, novietes, amigas, dieta, quizá alguna asignatura para septiembre.
Un día, una de las mujeres de la toalla contigua apareció con una túnica floja, de colores brillantes, que ya nadie lucía a finales de los 80. Se había dejado el pelo suelto, y la vi con las gafas de sol incluso dentro de los vestuarios. Sus amigas la saludaron sin notar, en apariencia, nada extraño, le hicieron sitio, suspiraron y estornudaron al mirar al sol. La más morena de ellas le apartó un poco la túnica, hasta mitad de muslo.
–¡Jesús! –dijo.
Las otras volvieron el rostro muy despacio, paralizadas en sus posturas, como iguanas esbeltas y morenas. Al cabo de un momento, una de ellas preguntó:
–¿Te has caído otra vez?
Ella no respondió. Comenzaron a jugar a las cartas en silencio, como si algo hubiera enturbiado la serenidad de la mañana de sol. Reparé en que la dejaron ganar casi todas las veces. Consiguió 17 ó 18 pesetas, rubias, ya desaparecidas.
La mujer de la túnica continuó acudiendo cada día a la piscina, la última que llegaba, la primera que se iba, una de las que menos hablaba, y casi nunca de sí misma. Yo no le presté demasiada atención, tan absorta en mí misma, y mis posturas favorecedoras. Creía que las mujeres mayores estaban a salvo de dudas e incertidumbres de amor, que los años difíciles eran los 15 primeros de vida, que luego la existencia se deslizaba por aguas más calmas y previsibles.
No entendía nada. No sabía entonces que las mujeres casi nunca se caen.
Este texto es una columna de la escritora Espido Freire publicado en la revista Psychologies. La propia Espido me ha autorizado expresamente a reproducirlo aquí y quisiera expresar mi más sincero agradecimiento, tal y como están las cosas hoy en día.
Enlaces de interés:
Página oficial de Espido Freire | www.espidofreire.com
Wikinovela | Portada
Algunos derechos reservados | elmundo.es
Con sentido del humor | Hace seis años…
Más sobre Espido Freire | escritoras.com
Espido Freire en la Wikipedia | Espido
Su obra | casadellibro.com

[gestionado con WordPress.]
Responsabilidad es hacer lo que nos corresponde de la mejor manera, siendo el beneficio colectivo. (Desconocido)

Conoce este lugar


100 peticiones. 0.366 segundos