Volvía de trabajar, por el carril de la derecha, a las 22:30 aproximadamente, con lo que la autovía de dos carriles estaba apenas iluminada por algunas farolas situadas en algunos tramos. En un tramo en los que escaseaban y la oscuridad era total, salvo por los faros de los coches que iban y venían, de repente, el coche que iba unos metros por delante de mí en el carril de la izquierda dio un volantazo, como si quisiera esquivar algo. Busqué con la vista y vi, en apenas un segundo, a un perro de mediano tamaño, blanco y negro, dando trompos como una peonza sobre su lomo, patas arriba. Cerca de él, por el rabillo del ojo, vi la sombra del perro negro que le acompañaba, mirando a todas partes, asustado. Fijé la vista en la carretera para ver si había algún peligro que me afectara directamente y al ver que no era así miré por el retrovisor, viendo cómo terminaba de cruzar la carretera el perro negro, poniendo a salvo, por lo menos de momento, su vida. Cinco segundos duró todo esto.
Del otro perro no sé nada más, aunque imagino que moriría pronto, del golpe recibido o de otro golpe que sin duda se llevaría pronto, ya que estaba en el carril rápido de la autovía y alguien terminaría aplastándole. No pensé en parar, hubiera sido muy peligroso y tampoco hubiera podido hacer nada. Tan solo me lamenté por su suerte, invadiéndome la pena, por él y por el dueño que un día tuvo que no lo quiso a su lado.
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