Diarreas mentales de un pendejo electrónico
Desde la publicación de Los pilares de la tierra en 1989 millones de lectores de Ken Follett por todo el mundo han esperado ansiosamente este libro. El momento ha llegado.
Un mundo sin fin está ambientado en la misma ciudad de Kingsbridge, dos siglos después de terminar la construcción de su magnífico templo gótico. La catedral y el priorato vuelven a ser el marco de una magnífica historia de amor y de odio, de ambición y de venganza con el fondo amenazador de la Peste Negra, que aniquiló la mitad de la población europea.
Intrigas, asesinatos, hambruna, plagas y guerras. Un retrato admirable del mundo medieval en una novela extraordinaria que aporta una nueva dimensión a la ficción histórica.
Y como soy así de majo he transcrito ese primer capítulo en español para que lo podáis leer todos; lo encontraréis en el wiki.
Sinopsis:
El día después de Halloween de 1327, cuatro niños se escabullen de ciudad de Kingsbridge. Son una ladronzuela, un abusón, un pequeño genio y una niña que sueña con ser médico. En el bosque ven como dos hombres son asesinados.
Al crecer, sus vidas se verán entrelazadad a causa de la ambición, el amor, la codicia y la venganza. Conocerán la prosperidad y el hambre, enfermedades y guerra. Uno de los chicos viajará por todo el mundo para terminar volviendo a casa, mientras que el otro se transformará en un noble poderoso y corrupto. Una chica desafiará al poder de la Iglesia medieval y la otra perseguirá un amor inalcanzable. Pero siempre vivirán bajo la alargada sombra del asesinato que presenciaron de niños en aquel profético día.
El Mundo sin Fin es la secuela de Los Pilares de la Tierra, pero no importa en qué orden las leas. El segundo libro está ambientado en la misma ciudad, Kingsbridge, pero tiene lugar doscientos años después y está protagonizada por los descendientes de los personajes originales.
Más comentarios | ¿Otra novela?
Primer capítulo en castellano | Un mundo sin fin
O sea, que ellos nos llaman a nosotros pendejos, ladrones, fascistas o cualquier otra cosa y nos tenemos que aguantar, y sí se lo llamamos nosotros a ellos les lesionamos en su honor, como si el honor fuera patrimonio exclusivo de ellos. Y no solo les lesionamos si se lo decimos nosotros, también si se lo dicen otros en nuestra casa.
Creo que en este país, tras el secuestro de publicaciones y muchas situaciones en las que se obvian derechos básicos, como el derecho a la privacidad y la intimidad, la justicia se ha vuelto muy injusta. Hace muchos años Voltaire dijo: "No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo". Casi igual que ahora, tan modernos que somos.
Este juez me recuerda mucho al que os presenté el otro día. Evidentemente por razones opuestas. Necesitamos jueces sensatos como aquel hombre.
Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos.
Me parece una injusticia y un error tratar de impedirselo.
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de caracter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestrucuturadas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familas católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruín de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!".
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bién es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor problabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitirseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
El texto pertenece a Psicobyte y se puede leer aquí: Matrimonio y católicos (muy interesantes también algunos cometarios).
También he acabado en la página de discusión del artículo de la Wikipedia acerca de la Inquisición, que aún no he acabado de leer por su extensión, donde he encontrado un párrafo que me gustaría que alguien me tradujera, si es capaz de entenderlo:
Lo cual parece ser imposible en lo mismo que supone, pues ¿quién no alcanza fuera superfluo a la misma naturaleza mandar en sí como en extraño lo que posee ab intrinseco, sino primariamente en razón formal, secundariamente en consecución de propiedad suya insita, innata e inseparable, cual apetito inserto en sí misma?
En esta página de discusión hay un enfrentamiento dialéctico muy interesante acerca del papel de la Inquisición.
Todo esto vino, no sé por qué regla de tres, desde que tropecé, tampoco sé cómo llegué ahí, con un blog sobre la apostasía, que es algo que tengo pendiente de hacer desde hace tiempo. En este blog hay algunos artículos, desde el punto de vista histórico, muy interesantes, lo mismo que algunos comentarios muy instructivos.
En fin, que la religión a día de hoy es como la propia sombra, que por mucho que corras y por muy lejos que vayas, siempre te persigue.
24 de Septiembre de 2007 | Lucía Etxebarria
Objeción fiscal
Las fiestas taurinas nos cuestan 564 millones de euros al año.
Y eso que el cálculo no incluye ayudas a ganaderos, que nos pondríamos en mil millones de euros.
Es decir, con 47 euros, tirando por lo muy bajo, financia cada familia española la mal llamada fiesta nacional.
Teniendo en cuenta que, según una encuesta de la consultora Gallup, no interesa nada al 72,1% de los españoles. Y teniendo en cuenta que este presupuesto serviría para pagar un empaste dental a nueve millones y medio de niños, o para crear cientos de miles de guarderías, a mí se me ha ocurrido un nuevo sistema de objeción fiscal.
En mi próxima declaración voy a pagar lo que me toca pero descontando, eso sí, 47 euros, cantidad que, supongo, no me supondrá una multa desmedida ni un ingreso en prisión. Y esos 47 euros me los voy a gastar en mi propia corrida, que, les aseguro, no será de toros. Y no doy más detalles que me juego la columna (y, de paso, la reputación, aunque me temo que bastante descalabrada la tenía ya), baste decir que pienso en una botella de champagne del caro y un lubricante de sabor a fresa. ¡Ah! Y en algún amigo antitaurino.
Si el 72% antes citado abonase 47 euros menos de lo que Hacienda reclama quizá el Gobierno se diese por enterado de que por algo decían en las clases de Derecho Político aquello de que el mejor gobierno no es el que hace muy felices a unos cuantos, sino el que tiene contento a la mayoría.
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He atravesado océanos de tiempo para encontrarte. (Francis Ford Coppola (Drácula de Bram Stoker))

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