Diarreas mentales de un pendejo electrónico
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Y me he hecho el ánimo. Ni la más remota intención de parecerme en lo más mínimo en el trabajo que hace caol con su ciudad, pues ni tengo tiempo ni ánimo para buscar tanta información como ella ofrece de cada uno de los rincones que muestra.
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Pero cuando tenga tiempo, que tampoco será el ritmo que lleva ella, también me gustaría mostrar algunos rincones de mi ciudad, Castellón de la Plana, con unos breves comentarios de aquello que conozca del lugar, siempre abierto a correcciones si alguien sabe que estoy equivocado, y algunos enlaces si encuentro. Tanto me ha gustado el modo de ver una ciudad que voy a copiarme la idea, si ella no se opone ![]()
Y voy a empezar con un lugar cercano a mi casa: la Plaza de la Muralla Liberal.
Pues la verdad es que no recuerdo muy bien cómo apareció este trozo de muralla, creo que fue a raíz de las obras para construir algún edificio de viviendas y, dado su valor histórico y cultural, decidieron construir la plaza alrededor de la muralla. La plaza se encuentra situada tras el edificio de la Subdelegación de Gobierno, muy cerca de la Plaza María Agustina, que ya comentaré otro día.
La muralla se construyó durante las Guerras Carlistas por los liberales que apoyaban a Isabel II contra el pretendiente al trono con el nombre de Carlos V. Apenas queda nada de esa muralla y lo poco que queda lo estropean visualmente rodeado de mesas y sillas de los bares cercanos. En una placa junto a ella podemos leer:
En septiembre de 1833 estalla la Primera Guerra Carlista, al conocerse la muerte del rey Fernando VII, fracasados los intentos de los simpatizantes del pretendiente al trono don Carlos de apoderarse de las ciudades más importantes del país.
Para defenderse de las amenazas de las tropas carlistas, al ayuntamiento de Castellón, gobernado por los liberales partidarios de Isabel II, acuerda en enero de 1837 iniciar la construcción de una nueva muralla, sin ningún nexo de unión con la medieval, con muros inclinados de mampostería culminados con almenas y protegidos por fosos, y con baterías en las principales puertas de la ciudad.
Encerrando toda la villa y sus zonas periféricas, el extenso perímetro de la muralla discurría por el oeste de las actuales Rondas Magdalena y Mijares, calle Guitarrista Tárrega, parte baja de la calle Gobernador, calle Sanahuja hasta el portal de San Roque, y de nuevo hasta la Ronda Magdalena.
Terminada la guerra en 1840, la muralla es parcialmente derribada nueve años más tarde, para ser reconstruida y reformada entre 1873 y 1874, a raíz de la Tercera Guerra Carlista.
Las murallas fueron desmoronándose paulatinamente y cegándose su foso, hasta el punto que en la última década del siglo XIX sólo quedaban algunos sectores aislados de la estructura defensiva.
Por resolución de la Dirección General de Bellas Artes y Archivos del Ministerio de Cultura de 12 de diciembre de 1994, los restos de las murallas de las guerras carlistas de Castellón de la Plana se inscribieron en el Registro General de Bienes de Interés Cultural con la categoría de monumento.
Los restos que hoy podemos observar integrados en esta plaza corresponden a dos pequeños tramos de la muralla y a la denominada Batería del Gas que aquí se ubicaba. Junto a ellos, y rodeando el laurel que representa el árbol de la libertad, se reproduce la inscripción "TRIOMFÀ DELS ENEMICS DE LA LLIBERTAD", que figuraba en el escudo liberal de la ciudad.
Enlace:
CastillosNet
Álbum de fotos:
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| Plaza de la Muralla Liberal |
-Con su larga caravana de camellos, un mercader llega a una antiquísima y remota ciudad en busca de especias, de telas, de perfumes. A las puertas, no lejos de un torreón de piedra por entre cuyas rendijas entran y salen raros pájaros y zurean palomas mensajeras, allí, junto a esa muralla, una mujer alarga su brazo huesudo hacia el viajero y abre la mano solicitando limosna. El mercader toma de la faltriquera una moneda y la deposita en la palma de la pedigüeña. Pero, ante su sorpresa, la anciana dice:
-Señor, si en verdad queréis socorrerme no es una moneda lo que necesito, sino dos. Sois sin duda un hombre caritativo y bondadoso, a vuestra generosidad apelo, tened a bien darme otra moneda.
Quedó muy extrañado el mercader, se acarició la barba y examinó aquellos ojos tratando de adivinar algo, mas nada halló que le hablase de usura o avaricia. La mendiga continuaba con la mano extendida y la solitaria moneda en ella. Sin mediar palabra, volvió el comerciante a hurgar en su bolsa y, dadivoso, dejó caer no una, sino dos monedas. Pero he aquí que ahora su asombro fue aún mayor, pues la anciana volvió a hablar para decirle: "Gracias, no erré al juzgaros generoso, aunque no es lo que necesito". Esta vez, algo molesto, la inquirió: "¿Qué sucede, mujer, todavía quieres más?". "No, mi señor, al contrario, me sobra una." La perplejidad del caballero crecía como crecen las ubres de la cabra para amamantar a sus crías. ¿Cómo?, ¿de modo que aquella vieja loca que mendigaba a las puertas de la ciudad amurallada primero solicitaba una moneda, luego otra más, y después rechazaba la propina? No lo entendía.
-Señor, debéis saber que una resultaba insuficiente y de tres me sobraba una, pues me basta con dos.
Tales fueron las misteriosas palabras con las que fue devuelta la tercera moneda. Y dicho esto, se alejó sin dar tiempo a que el confundido mercader pudiese obtener mejor explicación. Por un instante tuvo la intención de seguirla, pero se aceleraba ya el crepúsculo, caía rápida la noche sobre la ciudad desconocida y sin más demora debía buscar aposento. La caravana cruzó la gran puerta y adentrose por laberínticas callejuelas mientras el cielo se encendía de estrellas. Durante los días que duró su estancia en aquella ciudad combatida por tormentas de arena no dejó de reinar en lo acaecido. La imagen de la mendiga con el brazo implorante y la mano abierta, y sobre todo, sus palabras, tan enigmáticas, volvían una y otra vez a su memoria. No cesaba de preguntarse: "Por qué no una ni tres?, ¿por qué exactamente dos?".
Cuando ya vasijas y cofres y arcas reventaban de exquisitos perfumes, de especias aromáticas y exóticas, de delicadas telas ricamente bordadas, y con su séquito se disponía a partir, el mercader, al cruzar la puerta que antes fue de entrada y ahora de salida, buscó a la anciana. No tardó en encontrarla.
-Mujer -le instó-, revélame el secreto de las dos monedas.
-Misterio no hay ninguno, señor -respondió con su sonrisa mellada.
-Dime, pues. Te escucho.
-Es sencillo. La primera moneda, para una hogaza. La segunda, para comprar rosas y, en ellas, encontrar un motivo por el que comer el pan, un motivo para no dejarme morir.
[…]No deseaba más mentiras en mi vida, no más engaños. La piel reprimida deviene, antes o después, en pudrición del espíritu. A la represión no iba a sumarle algo todavía peor, algo que fermenta dentro la amargura y es una lepra que va avanzando hasta conseguir apartarte, segregarte: la autorrepresión. Ésa es la victoria de los inquisidores. Su llave maestra para el sometimiento, para la vergüenza, para la infelicidad: autorrepresión. Un mal invisible.
El Jara me escuchaba mordiéndose una uña. Fruncido el ceño.
-Cuántas veces había tenido que disimular ante frases que me herían, me insultaban, cuántas que fingir ante comentarios que me mortificaron. También yo había sido cómplice y culpable. Sobre todo, lo fui contra mí mismo. Siendo un niño, en el pueblo de al lado, sorprendieron a dos hombres juntos, uno era un chaval, un chico muy joven; el otro, un agricultor casado y con hijos. Les raparon, les colgaron del cuello unos carteles escritos con pintura roja: "Semos mariquitas", así, con falta de ortografía incluida, y vejados, seguidos por una nube de niños y zagalones que les tiraban boñigas y los insultaban, fueron paseados por las calles, conducidos a las casas de sus familias, de sus padres, de la mujer y los hijos… No, Damián, no más vergüenza, no más represión, ¿cómo voy a rechazar el cuerpo en el que vivo, cómo no voy a amarlo? No más infelicidad. No más males invisibles. […]

Buscando por Internet me encontré con que es un remedio conocido: INFUSIÓN CONTRA LA TOS
Anónimo africano:
Cuando nazco, soy negro.
Cuando crezco, soy negro.
Cuando tomo el sol, soy negro.
Cuando me asusto, soy negro.
Cuando tengo frío, soy negro.
Cuando enfermo, soy negro.
Y cuando muera, seguiré negro.
En cambio tú, amigo,
cuando naces, eres rosa.
Cuando creces, blanco.
Cuando tomas el sol, te pones rojo.
Cuando tienes frío, azul.
Cuando te asustas, amarillo.
Cuando enfermas, estás verde.
Y cuando mueras, te pondrás gris.
¿Y me llamas a mí "de color"
Y por "Chinos" me refiero a todos los orientales que tanto conocemos, pues es muy difícil distinguir chinos de japoneses o coreanos.
** "Merçi Moscú" fue la despedida que dirigió el del restaurante Casa Pepe a unas francesas después de comer. Es un juego de palabras, ya que "Muchas gracias" en francés es "Merçi beaucoup" (que se pronuncia "Mersí bokú").
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Cuando hablas sólo dices lo que ya sabes; cuando escuchas, adquieres el conocimiento de los demás. (Refrán)

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