Diarreas mentales de un pendejo electrónico
El hombre venía desde la otra acera y, cuando se incorporó a la mía lo hizo tres o cuatro pasos por delante. Vestía de negro, todo de negro; pantalón negro, camisa negra embutida por dentro del pantalón, sujeto por un cinturón marrón, única nota de color sobre tanto negro. Las gafas de sol también eran negras, y la calva le llegaba hasta la cima de la cabeza.
De repente, detuvo sus pasos durante un breve segundo, tiempo que aprovechó para taparse un orificio de la nariz con un dedo mientras expulsaba el aire con fuera por el orificio nasal sin tapar. Algo cayó al suelo. No quise mirar lo que era. No sacó un pañuelo y, desde mi perspectiva, solo le vi mover un poco las manos por la cara. No es difícil imaginar qué hacía con ellas.
Echo a andar de nuevo y, de repente, detuvo de nuevo sus pasos durante un segundo. Yo aminoré la marcha, temeroso de alcanzarle y temiendo lo que se avecinaba. Tapó con un dedo el otro orificio de la nariz mientras expulsaba el aire con fuera por el orificio libre. Ya no quise mirar y no sé si algo cayó esta vez al suelo, aunque por el sonido de la expulsión me temo que sí. Volvió a repetir el movimiento de manos y tampoco sacó ningún pañuelo.
Seguimos andando. Llegamos al semáforo y cruzamos la calle hasta llegar al ambulatorio de mi barrio. Nada más aproximarnos al ambulatorio llegamos a la altura de un hombre que había parado cerca de la puerta, justo en el momento en que ese segundo hombre… llevaba un dedo a uno de sus orificios nasales y expulsaba fuertemente el aire por el otro orificio, tras lo cual, este sí, se limpió con un pañuelo.
¿Una nueva epidemia arrasa la ciudad?
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No hay segundas oportunidades, excepto para el remordimiento. (La sombra del viento) (Carlos Ruiz Zafón)

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