Diarreas mentales de un pendejo electrónico
"El guardián entre el centeno", de J. D. Salinger, es uno de esos libros de los que siempre has oído hablar bien, incluso calificarlo de obra maestra, así que siempre he tenido interés en leerlo. Hace poco que lo he terminado y, para mi gusto, no es para tanto.
[Spoiler on] Me pasé todo el libro esperando que ocurriera algo, que al chaval se le fuera la olla, ya que a lo largo del libro debe de decir como cien veces que odia a un determinado tipo de persona, casi todos los que salen en el libro, y empezara a matar a diestro y siniestro, para darle algo de emoción a la historia, pero no ocurre absolutamente nada. Un libro de lo más anodino.[Spoiler off]
Pero hay un par de párrafos que me gustaron, en los que el protagonista describe un funeral:
Me pasé un buen rato sentado en aquel banco preocupado por los trocitos de hielo y pensando que iba a morirme. Lo sentía muchísimo por mis padres, sobre todo por mi madre, que aún no se ha recuperado de la muerte de Allie. Me la imaginé sin saber qué hacer con mi ropa, y mi equipo de deporte, y todas mis cosas. Lo único que me consolaba es que no dejarían a Phoebe venir a mi entierro porque aún era una cría. Esa fue la única cosa que me animó. Después me los imaginé metiéndome en una tumba horrible con mi nombre escrito en la lápida y todo. Me dejarían allí rodeado de muertos. ¡Jo! ¡Buena te la hacen cuando te mueres! Espero que cuando me llegue el momento, alguien tendrá el sentido suficiente como para tirarme al río o algo así. Cualquier cosa menos que me dejen en un cementerio. Eso de que vengan todos los domingos a ponerte ramos de flores en el estómago y todas esas puñetas… ¿Quién necesita flores cuando ya se ha muerto? Nadie.
Cuando hace buen tiempo, mis padres suelen ir a dejar flores en la tumba de Allie. Yo fui con ellos unas cuantas veces pero después no quise volver más. No me gusta verle en el cementerio rodeado de muertos y de losas. Cuando hace sol aún lo aguanto, pero dos veces empezó a llover mientras estábamos allí. Fue horrible. El agua empezó a caer sobre su tumba empapando la hierba que tiene sobre el estómago. Llovía muchísimo y la gente que había en el cementerio empezó a correr hacia los coches. Aquello fue lo que más me reventó. Todos podían meterse en su automóvil, y poner la radio, y después irse a cenar a un restaurante menos Allie. No pude soportarlo. Ya sé que lo que está en el cementerio es sólo su cuerpo y que su espíritu está en el Cielo y todo eso, pero no pude aguantarlo. Daría cualquier cosa porque no estuviera allí. Claro, ustedes no le conocían. Si le hubieran conocido entenderían lo que quiero decir. Cuando hace sol puede pasar, pero el sol no sale más que cuando le da la gana.
Bueno, creo que ya va siendo hora de retomar un poco este rincón, que tengo mucho material acumulado. Ya me he descolgado bastante del tema de los juegos online y, aunque el tiempo sigue siendo muy escaso, algo de tiempo tendremos para ir actualizando ![]()
Voy a empezar con algo que he estado buscando mucho tiempo y que me encontré el otro día por casualidad. Esta historia la leí hace mucho tiempo y siempre me he acordado de ella, pero nunca recordé dónde la leí. En Internet hay algunas variaciones sobre ella, pero ninguna me convencía. Hasta el otro día que, releyendo uno de mis clásicos, 1280 almas de Jim Thompson, la encontré.
—Estoy mirando un par de perros que hay ahí fuera —dije—Me han hecho recordar algo que oí una vez. ¿No lo has oído nunca, Buck? ¿O sea, por que los perros andan siempre olisqueándose el culo mutuamente?
Buck dijo que no lo había oído.
—Tampoco puedo decirte que tenga mucho interés en oírlo; lo digo por si piensas contármelo.
Le dije que, bueno, según el cuento, todos los perros del mundo sostuvieron un conciliábulo al principio de los tiempos para establecer una norma de conducta, por ejemplo que no estaría bien que se pegasen bocados en los cojones y cosas así. Y había un perro que tenía un manual de urbanidad que había conseguido no sé dónde, quizá en el mismo sitio donde Caín consiguió a su mujer. De modo que automáticamente se convirtió en presidente y lo primero que hizo fue nombrar comité del culo a todos los reunidos. Compañeros —dijo—, chuchos de la sala. No quiero pisar la pata de ningún perro honorable, de manera que diré lo que sigue. Cuando volvamos a entrar en las habitaciones llenas de humo para organizarnos políticamente, estoy seguro de que no querremos otro olor que el del humo, así que pienso que lo mejor será que amontonemos nuestros ojetes en el exterior; y si alguien quiere presentar una moción al respecto, la secundaré con mucho gusto. Bueno, pareció a todos una idea tan excelente, que todos y cada uno de los perros de la convención se levantaron para presentar la moción, así que el presidente la juzgo aprobada por unanimidad y hubo una breve demora mientras todos los perros salían a amontonar sus ojetes. Luego volvieron a entrar para encarar sus asuntos. Y que me cuelguen si no estalló una tormenta de mil diablos y tan violenta, que se llevó y esparció los ojetes por todas partes, confundiéndolos tanto que ningún perro pudo encontrar el suyo. Por eso siguen todavía hoy olisqueando culos y es probable que sigan haciéndolo hasta el fin de los tiempos. Porque un perro que ha perdido el culo no puede ser feliz, aunque todos los culos se parezcan bastante y el que tiene funcione a la perfección.
—Lo que quiero decirte, Buck —dije—, es que te contentes con tu propio culo y dejes en paz el de Ken. A pesar de todo lo que sabes, puede que él coma algo peor que mierda, y acaso yo también lo haga, y tú serás mucho mas feliz quedándote donde estás.
Ya nos iremos viendo.
"Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo."
Fuente | Wikiquote
Si algo me fascina de los políticos españoles es su capacidad de rizar el rizo con tal de no bajarse de los carteles. Y la verdad es que algunos domingos me dan esta página hecha. Hoy se la debo al senador del PNV Javier Maqueda, quien opina, literalmente, que «el que no se sienta nacionalista ni quiera de lo suyo no tiene derecho a vivir». Sí. Eso fue lo que el senador –que viene del latín senatus, senado, consejo de ancianos sabios y venerables– largó hace unos días, durante un acto al que estaba invitado en Mallorca; donde, por cierto, se le jaleó la ocurrencia con aplausos. Faltaría más. En España los aplausos van de oficio. Es, salvando las distancias mínimas, como en los programas bazofia de la tele, donde eructa cualquier pedorra, y el cuerpo de marujas de guardia rompe aguas en aplausos entusiastas, que para eso están allí. Para aplaudir lo que le echen y decir te queremos, bonita.
Con lo del senador, sin embargo, albergo un par de dudas. Lo de nacionalista es un concepto complejo, pues abarca demasiadas cosas. Todos somos nacionalistas de algo: la lengua, la memoria, la cultura, la infancia. El fútbol. Pero creo que el senador Maqueda hablaba de otro nacionalismo: el que se envuelve en la bandera local, el exclusivo y excluyente, el de nosotros y ellos. El patológico. El que manipula instintos y sentimientos para conseguir perversa rentabilidad política. Y por ahí, no. En ese sentido, algunos no nos sentimos nacionalistas en absoluto. A mí, sin ir más lejos, no se me saltan las lágrimas cuando oigo una minera en La Unión, ni cuando veo saltar un salmonete en la punta de Cabo Palos, ni cuando le cantan –lo siento paisanos, pero ya no– la salve a la Virgen el Lunes Santo por la noche. He visto demasiadas veces cómo lo noble, lo legítimo, termina en manos de gente como el senador Maqueda. Si alguna vez aflojo, será por otras cosas. Por mi infancia perdida, tal vez, y por las sombras entrañables que la acompañan. No porque me emocione el cantón nacional de Cartagena o su independencia de la mardita y opresora Mursia. Por ejemplo.
Aclarado, pues, que me incluyo en las palabras del senador Maqueda, quisiera que un experto en nacionalismos y en derecho a la vida, como él, aclare un par de cosas. Imaginemos que decido establecerme en Bilbao para pasear por el Guggenheim cada mañana; o en Barcelona, por ir de noche a la calle Tallers y calzarme un martini seco en Boadas; o en Cádiz, puntal indiscutible de la nación andaluza, para ponerme de urta a la sal en El Faro, un día sí y otro no, hasta las trancas. Supongamos, como digo, que opto por alguna de esas alternativas, sin sentir, respecto a Bilbao, Barcelona o Cádiz, más cosquilleo nacionalista que el que proviene de la atenta lectura de los libros de Historia, el aprecio por su gente, y la certeza de compartir una memoria colectiva en la compleja y mestiza plaza pública –llamada Hispania por los mismos que inventaron la institución de la que trinca el senador Maqueda– donde, unas veces por suerte y otras por desgracia, el azar puso a mis antepasados. Entre los que lamento, por cierto, no figuren unos cuantos jacobinos, guillotinadores, con un «todos los ciudadanos son iguales ante la ley» bajo el brazo y con las cabezas de Carlos IV y Fernando VII metidas en un cesto. A lo mejor no estaríamos hablando de estas gilipolleces.
Y ahora, las preguntas. ¿Cómo se articularía, a juicio del senador Maqueda, mi falta de derecho a vivir? ¿Mediante la prohibición, tal vez, de establecerme donde vivan nacionalistas? ¿Quemándome la ferretería si decidiera hacerme ferretero? ¿Pegándome un tiro en la nuca?… Como ven, las posibilidades que abre la afirmación senatorial son curiosas. Y pueden aderezarse, además, con matices interesantes. ¿Echar la pota –por ejemplo– cada vez que oigo a un cateto cantamañanas manipular la Historia y mi inteligencia haciendo comparaciones con Irlanda o con Montenegro, es un tic franquista? ¿Saber como sé, porque viajo y leo libros, que no hay nada más conservador, inculto y reaccionario que un nacionalista radical, me hace acreedor al epíteto de fascista?… Y ya puestos a preguntar, ¿se ocuparía, llegado el caso, el senador Maqueda de explicarme personalmente mi derecho a vivir? ¿Él y cuántos más? ¿Vendrían de día, o vendrían de noche? ¿Vendrían juntos a explicármelo, o vendrían de uno en uno?… Porque me parece que el senador Maqueda está mal informado. No todos somos Ana Frank.
Como dije anteriormente, quisiera agradecer al señor Pérez-Reverte su autorización a reproducir este texto en esta humilde bitácora.
Enlaces de interés:
Ficha de Javier Maqueda | senado.es
Noticia | elmundo-eldia.com
Libertad Digital | Noticia
Libertad Digital | Donde dije digo…
Blog de Arcadi Espada | Comentario
Daniel Tercero | Carta a Javier Maqueda (Escalofriante)
Más sobre Arturo Pérez-Reverte:
En la Wikipedia | Arturo Pérez-Reverte
Discurso Real Academia Española | El habla de un bravo del siglo XVII
Bibliografía | Alfaguara
Casi todo sobre APR | El cazador de libros
Encuentro digital | elmundo.es (07-06-2002)
Algunas citas | Wikiquote
Página oficial | El Capitán Alatriste
Página oficial (en inglés) | Arturo Pérez-Reverte
Artículo en XL Semanal | La boquita del senador | Otro enlace

Hay criaturas por las que no lloraré cuando suenen las trompetas del Juicio. Niños que anuncian desde muy temprano lo que serán de mayores. A veces uno está paseando, o sentado en una terraza, y los ve pasar apuntando en agraz maneras inequívocas. Adivinados en ellos la inevitable maruja de sobremesa televisiva –ayer vi reconciliarse a dos hermanas en directo y eché literalmente la pota– o la viril mala bestia correspondiente. Dirán ustedes que ellos no tienen la culpa, etcétera. Que los padres, la sociedad y todo eso los malean, y tal. Pero qué quieren que diga. En cuestiones de culpa, denle tiempo a un niño y también él tendrá su cuota propia, como la tenemos todos. Sólo es cuestión de plazos. De que se cumplan los pasos y rituales que se tienen que cumplir.
El zagal que veo en el restaurante tiene nueve o diez años, que ya va siendo edad, y se parece al padre, sentado a su vera: moreno, grandote y vulgar de modos y maneras. La madre pertenece al mismo registro. Todos visten ropa cara, por cierto. Colorida y vistosa. Sobre todo la madre, una especie de Raquel Mosquera vestida de Paulina Rubio y con toquecitos de Belén Esteban en el maquillaje y en la parla. La familia ocupa una mesa contigua a la mía, junto al gran ventanal de un restaurante popular de Calpe, situado junto al puerto. Y al niño acaban de traerle calamares a la romana. De no ser porque su cháchara maleducada, chillona e interminable, a la que asisto impotente desde hace veinte minutos, ya me tiene sobre aviso, la manera en que ahora maneja el tenedor me dejaría boquiabierto. El pequeño cabrón –nueve o diez años, insisto– agarra el cubierto al revés, con toda la mano cerrada, y clava los calamares a golpes sonoros sobre el plato, como si los apuñalara. Observo discretamente al padre: mastica impasible, bovino, observando satisfecho el buen apetito de su hijo. Luego observo a la madre: tiene la nariz hundida en el plato, perdida en sus pensamientos. Tampoco sería difícil, me digo, con la edad que tiene ya su puto vástago, enseñarle a manejar cuchara, cuchillo y tenedor. Pero, tras un vistazo detenido al careto del progenitor, comprendo que, para hacer que un hijo maneje correctamente los cubiertos, primero es necesario creer en la necesidad de manejar correctamente los cubiertos. Y por la expresión cenutria del fulano, por su manera de estar, de mirar alrededor y de dirigirse a su mujer cuando le habla, tal afán no debe de hallarse entre las prioridades urgentes de su vida. En cuanto a la madre, cómo maneje el crío los cubiertos, o cómo los manejen el padre o el vecino de la mesa de al lado, parece importarle literalmente un huevo.
Tras un eructo infantil jaleado con suma hilaridad por el conjunto familiar –después de reír, eso sí, el papi parece amonestarlo en voz baja, a lo que la criatura responde sacando la lengua y poniendo ojos bizcos– llega la paella. Y, tras deleitar al respetable con el uso del tenedor, el indeseable enano exhibe ahora su virtuosismo en el manejo de la cuchara agarrada con toda la mano exactamente junto a la cazoleta, alternando la cosa con tragos sonoros del vaso de cocacola sujeto con ambas manos y vuelto a dejar sobre la mesa con los correspondientes granos de arroz adheridos al vidrio. Tan maleducado, tan grosero como el padre y la madre que lo parieron. Y así continúa el dulce infante, a lo suyo, camino de los postres, en esa deliciosa escena española de fin de semana, una familia más, media, entrañable, con su hipoteca, y su tele, y su coche aparcado en la puerta, como todo el mundo. Y yo, que gracias a Dios he terminado, pido mi cuenta, la pago y me levanto mientras pienso que ojalá caiga un rayo y los parta a los tres, y les socarre la paella. Y ustedes dirán: vaya con el gruñón del Reverte, a ver qué le importará a él que el niño se coma los calamares así o asá, peazo malaje. A él qué le va ni le viene. Pero es que no estoy pensando en la paella, ni en el restaurante, ni en los golpes del tenedor sobre los calamares. Aunque también. Lo que pienso, lo que me temo, es que dentro de unos años ese pequeño hijo de puta será funcionario de Ayuntamiento, o guardia civil de Tráfico, o general del Ejército, o empleado de El Corte Inglés, o juez, o fontanero, o político, o ministro de Cultura, o redactor del estatuto de la nación murciana; y con las mismas maneras con las que ahora se comporta en la mesa, cuando yo caiga en sus manos me va a joder vivo. Por eso hoy me cisco en sus muertos más frescos. ¿Comprenden? En defensa propia.
Si hay una cosa que admiro y me produce envidia, de la sana y de la otra, es el don de la palabra. Ni el dinero, ni el poder, ni la belleza, sino el hábil dominio del lenguaje. Es por ello que los escritores son las personas que merecen mi mayor admiración. Y entre ellas hay una que destaca con luz propia, el señor Pérez-Reverte, por su sabiduría, por su amplia visión del mundo y por su capacidad de exponer como nadie lo que nadie se atreve, con nuestro lenguaje más cercano. No quisiera que esto pareciera una adulación, puesto que no lo es; no es perfecto y tiene sus defectos como otro cualquiera, ¿qué gran hombre no los tiene?, simplemente quería agradecer al señor Pérez-Reverte su autorización a reproducir este texto, y otro que pondré en breve, en esta humilde bitácora.
Enlaces de interés:
En la Wikipedia | Arturo Pérez-Reverte
Discurso Real Academia Española | El habla de un bravo del siglo XVII
Bibliografía | Alfaguara
Casi todo sobre APR | El cazador de libros
Encuentro digital | elmundo.es (07-06-2002)
Algunas citas | Wikiquote
Página oficial | El Capitán Alatriste
Página oficial (en inglés) | Arturo Pérez-Reverte
Artículo en XL Semanal | Los calamares del niño | Otro enlace

Sgeún un etsduio de una uivenrsdiad ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsán ersciats, la úicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esétn ecsritas en la psioción cocrrtea. El rsteo peuden etsar toatlmnete mal y aún pordás lerelo sin pobrleams.
Etso es pquore no lemeos cada ltera por sí msima, snio la paalbra en un tdoo. Presnoamelnte me preace icrneílbe.
La vreadd es que es bstantae couirso ![]()
Vía | Maangs Vdrees (anquue etsá en mochus más soiits, etse atropa aglo más de ióinmfrocan)

No logro entender a los hombres:
quería que le diera todo, ahora que se lo doy dice que partirá
sentir esto es mi primera vez tu eres especial
esas palabras creí, para mi fue felicidadCoro
Me hubieras dicho que me dejaste de amar
Estoy resentida, sin embargo te extrañaré
El amor es todo para mi porque soy mujer
Dicen que aquellos que se cansan cuando les das todo
son los hombres y parece ser verdad
Aquel que decide no volver a ser engañada y
vuelve a derrumbarse ante el amor es la mujer
Repetir CoroNarración
Hoy terminamos para que seas feliz
esperando encontrar alguien mejor que tu
eres igual que todos los hombres me decías amar
sinceramente no quiero que te vaya bien
que hago si encuentras a una chica mas bonita que yo y vives feliz
y así logras olvidarme de verdad?
Mientras yo estoy mal, estoy muriéndome por dentro
Sigo queriéndote demasiado
No uses la naturaleza de la mujer
que puede dar todo por aquel que ama
No pensé que seria tan difícil
nacer como mujer y vivir recibiendo amor
Estoy resentida, sin embargo te extrañaré
El amor es todo para mi porque soy mujer
Estoy resentida, sin embargo te extrañare
El amor es todo para mi porque soy mujerTan solo con mis ojos podrás ver el gran amor que sentí por ti. Y las lagrimas que derrames, yo ya las he bebido por ti. Perdóname como verás nunca te fallé. En mi mente esta la imagen de la mujer que amé, aunque nunca más te pueda ver.
Vía | YouTube.com
La historia | Una periodista en proceso
Más info | /tmp/blog
Sobre la canción | Because I'm a girl
Descarga el vídeo | Formato FLV / Reproductor
Convierte el formato | Preguntas frecuentes / Manual - SUPER
Versión en chino | Por Jill Hsu

Este monumento sombrío ha surgido para recordar la vanidad de la vida humana, la presencia constante de la muerte y los verdaderos valores de la eternidad. Se estima que está formado por los restos mortales de unas cuarenta mil personas. Hablamos de Kostnice, el mayor y el más antiguo osario checo que es la meta de nuestra excursión de hoy.
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No entiendes realmente algo a menos que seas capaz de explicárselo a tu abuela. (Albert Einstein)

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