Perdonen que no me levante

Diarreas mentales de un pendejo electrónico

23/10/2008

El mar invisible

escrito por @ 17:07. Archivado en Historias para no dormir
  

He terminado de leer "El mar invisible", de Juan Cobos Wilkins y hay una par de cosas que me han gustado, aparte de un pasaje que ya puse en el enlace anterior. Uno de ellos es una pequeña historia sobre un rico mercader y una mendiga y la otra es una reflexión acerca de la autorrepresión que se impone un homosexual acerca de su condición y su decisión de, como llamamos hoy en día, "salir del armario". Tanto la pequeña historia como el pasaje me han gustado mucho, por eso quiero compartirlo aquí, además de recomendar el libro, que me ha gustado mucho su historia humana y me ha gustado su au autor como escritor.
 

-Con su larga caravana de camellos, un mercader llega a una antiquísima y remota ciudad en busca de especias, de telas, de perfumes. A las puertas, no lejos de un torreón de piedra por entre cuyas rendijas entran y salen raros pájaros y zurean palomas mensajeras, allí, junto a esa muralla, una mujer alarga su brazo huesudo hacia el viajero y abre la mano solicitando limosna. El mercader toma de la faltriquera una moneda y la deposita en la palma de la pedigüeña. Pero, ante su sorpresa, la anciana dice:
 
 -Señor, si en verdad queréis socorrerme no es una moneda lo que necesito, sino dos. Sois sin duda un hombre caritativo y bondadoso, a vuestra generosidad apelo, tened a bien darme otra moneda.
 
 Quedó muy extrañado el mercader, se acarició la barba y examinó aquellos ojos tratando de adivinar algo, mas nada halló que le hablase de usura o avaricia. La mendiga continuaba con la mano extendida y la solitaria moneda en ella. Sin mediar palabra, volvió el comerciante a hurgar en su bolsa y, dadivoso, dejó caer no una, sino dos monedas. Pero he aquí que ahora su asombro fue aún mayor, pues la anciana volvió a hablar para decirle: "Gracias, no erré al juzgaros generoso, aunque no es lo que necesito". Esta vez, algo molesto, la inquirió: "¿Qué sucede, mujer, todavía quieres más?". "No, mi señor, al contrario, me sobra una." La perplejidad del caballero crecía como crecen las ubres de la cabra para amamantar a sus crías. ¿Cómo?, ¿de modo que aquella vieja loca que mendigaba a las puertas de la ciudad amurallada primero solicitaba una moneda, luego otra más, y después rechazaba la propina? No lo entendía.
 
 -Señor, debéis saber que una resultaba insuficiente y de tres me sobraba una, pues me basta con dos.
 
 Tales fueron las misteriosas palabras con las que fue devuelta la tercera moneda. Y dicho esto, se alejó sin dar tiempo a que el confundido mercader pudiese obtener mejor explicación. Por un instante tuvo la intención de seguirla, pero se aceleraba ya el crepúsculo, caía rápida la noche sobre la ciudad desconocida y sin más demora debía buscar aposento. La caravana cruzó la gran puerta y adentrose por laberínticas callejuelas mientras el cielo se encendía de estrellas. Durante los días que duró su estancia en aquella ciudad combatida por tormentas de arena no dejó de reinar en lo acaecido. La imagen de la mendiga con el brazo implorante y la mano abierta, y sobre todo, sus palabras, tan enigmáticas, volvían una y otra vez a su memoria. No cesaba de preguntarse: "Por qué no una ni tres?, ¿por qué exactamente dos?".
 
 Cuando ya vasijas y cofres y arcas reventaban de exquisitos perfumes, de especias aromáticas y exóticas, de delicadas telas ricamente bordadas, y con su séquito se disponía a partir, el mercader, al cruzar la puerta que antes fue de entrada y ahora de salida, buscó a la anciana. No tardó en encontrarla.
 
 -Mujer -le instó-, revélame el secreto de las dos monedas.
 
 -Misterio no hay ninguno, señor -respondió con su sonrisa mellada.
 
 -Dime, pues. Te escucho.
 
 -Es sencillo. La primera moneda, para una hogaza. La segunda, para comprar rosas y, en ellas, encontrar un motivo por el que comer el pan, un motivo para no dejarme morir.

 

[…]No deseaba más mentiras en mi vida, no más engaños. La piel reprimida deviene, antes o después, en pudrición del espíritu. A la represión no iba a sumarle algo todavía peor, algo que fermenta dentro la amargura y es una lepra que va avanzando hasta conseguir apartarte, segregarte: la autorrepresión. Ésa es la victoria de los inquisidores. Su llave maestra para el sometimiento, para la vergüenza, para la infelicidad: autorrepresión. Un mal invisible.
 
 El Jara me escuchaba mordiéndose una uña. Fruncido el ceño.
 
 -Cuántas veces había tenido que disimular ante frases que me herían, me insultaban, cuántas que fingir ante comentarios que me mortificaron. También yo había sido cómplice y culpable. Sobre todo, lo fui contra mí mismo. Siendo un niño, en el pueblo de al lado, sorprendieron a dos hombres juntos, uno era un chaval, un chico muy joven; el otro, un agricultor casado y con hijos. Les raparon, les colgaron del cuello unos carteles escritos con pintura roja: "Semos mariquitas", así, con falta de ortografía incluida, y vejados, seguidos por una nube de niños y zagalones que les tiraban boñigas y los insultaban, fueron paseados por las calles, conducidos a las casas de sus familias, de sus padres, de la mujer y los hijos… No, Damián, no más vergüenza, no más represión, ¿cómo voy a rechazar el cuerpo en el que vivo, cómo no voy a amarlo? No más infelicidad. No más males invisibles. […]




24/7/2008

El Cuento de los Peluches Cálidos

escrito por @ 9:36. Archivado en Historias para no dormir
  


El Cuento de los Peluches Cálidos
A Warm Fuzzy Tale
 
Claude Steiner
 
Traducción: M. Rosa Buixaderas.
Corrección: ummo
 
Érase una vez una pareja feliz llamados Tim y Maggie que tenían dos hijos, cuyos nombres eran John y Lucy. Para comprender lo felices que eran, es necesario conocer en la situación en que vivían.
 
En aquellos días, al nacer, todo el mundo recibía una pequeña y suave Bolsa de Peluches Cálidos. Cualquiera podía sacar de su bolsa un Peluche Cálido y dárselo a otra persona. Había una gran demanda de Peluches Cálidos, porque todos los que recibían el regalo, sentían un calorcillo por todo el cuerpo. Los que no conseguían obtener suficientes Peluches Cálidos corrían el peligro de coger una enfermedad que causaba que se les encogiera la espalda e incluso con peligro de muerte.
 
En aquellos días era fácil conseguir Peluches Cálidos. Si alguien deseaba tener uno, solo tenía que decirte: "Quisiera tener un Peluche", y enseguida sacabas de tu bolsa un Peluche tan pequeño como la mano de una niñita. Tan pronto el Peluche veía la luz del día, sonreía y se transformaba en un gran y afelpado Peluche Cálido. Al colocarlo en la espalda, en la cabeza o en el regazo de la persona, se acurrucaba y se derretía encima de la piel, produciendo una sensación de bienestar en todo el cuerpo. Unos a otros se pedían los Peluches y, como eran gratuitos, no había ninguna dificultad en conseguir los suficientes. Al haber muchos, todos eran felices porque la mayor parte del tiempo sentían calor y suavidad.
 
Un día, una bruja mala se enojó mucho al ver que todo el mundo era feliz y nadie le compraba sus pócimas y ungüentos. La bruja, que era muy astuta, imaginó un plan perverso. Una hermosa mañana, mientras Maggie estaba jugando con su hija, la bruja se deslizó junto a Tim y le susurró al oído:
 
"Tim, mira la cantidad de Peluches que Maggie le está dando a Lucy. ¡De continuar así, no le va a quedar ninguno para ti!"
 
Tim quedó sorprendido. Se volvió hacia la bruja y le dijo:
 
"¿Quieres decir que no encontraremos siempre un Peluche en nuestra bolsa cada vez que lo abramos?"
 
Y la bruja contestó:
 
"Así es, tan pronto se acaben, ya no tendrás más."
 
Dicho esto, se marchó volando montada en su escoba, riendo a carcajadas.
 
Tim tomó muy en serio lo que la bruja le había dicho y empezó a fijarse cada vez que Maggie regalaba un Peluche a alguien. En realidad, estaba muy preocupado, porque le gustaban mucho los Peluches de Maggie y no quería quedarse sin ellos. Pensaba que no era justo que Maggie diera todos sus Peluches a los niños o a otras personas. Así es que empezó a quejarse cada vez que veía a Maggie dándolos a otros y, como Maggie le quería mucho, dejó de dar los Peluches a otros y los reservó para él.
 
Los niños vieron lo que estaba pasando y no tardaron en pensar que no estaba bien regalar Peluches Cálidos cada vez que se los pedían o les venía en gana darlos. Ellos también se volvieron conservadores de Peluches. Observaron a sus padres de cerca y, tan pronto vieron que uno de ellos daba demasiados Peluches a otros, empezaron a protestar. A pesar de que cuando los buscaban siempre los encontraban en la bolsa, poco a poco se fueron convirtiendo en unos tacaños. La gente pronto se dio cuenta de la escasez de Peluches y empezó a sentir la falta de calor. Algunas personas empezaron a sufrir de encogimiento de sus espaldas e incluso murieron a causa de la escasez. Cada vez acudía más gente a comprar, a pesar de su ineficacia, las pócimas y los ungüentos de la bruja.
 
El hecho es que la situación iba empeorando. La bruja mala, que observaba todo lo que estaba pasando, en realidad no quería que la gente muriera (puesto que los muertos no compran pócimas ni ungüentos), por lo tanto, imaginó otro plan. A todos les dio una bolsa semejante a la Bolsa de Peluche, salvo que esta era fría en vez de cálida. Dentro de la bolsa de la bruja había Espinosos Fríos. Con estos Espinosos Fríos la gente no se sentía arropada y suave, sino fría y pinchosa. Por otro lado estos Espinosos Fríos mejoraban la enfermedad de la espalda. Por lo tanto, a partir de aquel momento, cuando alguien decía: "Quiero un Peluche Cálido", la gente, preocupada por la escasez, contestaba: "No puedo dártelo pero, ¿quieres un Espinoso Frío?"
 
Algunas personas se reunían con la esperanza de conseguir un Peluche, pero al final acababan intercambiando Espinosos. Como consecuencia de ello, aunque no murieran muchas personas a causa de la escasez, se sentían infelices, frías y llenas de pinchos.
 
Desde que la bruja llegó, la situación se fue complicando, ya que la escasez de Peluches iba en aumento y, aunque habían sido tan gratuitos como el aire, pronto se convirtieron en algo extraordinariamente valioso. Ello fue la causa de que la gente hiciera cualquier cosa para conseguirlos. Antes de que la bruja llegara, la gente solía reunirse en grupos de tres, cuatro o cinco, sin importarle quién daba a quién los Peluches Cálidos. Después de su llegada, las personas formaron parejas y reservaron los Peluches exclusivamente para uno y otro. Las que, olvidándose de si mismas, daban un Peluche a alguien, no tardaron en sentirse culpables porque sabían que su pareja tomaría a mal la falta de un Peluche. Y las que no podían encontrar a un compañero generoso, tenían que trabajar mucho para ganar el dinero que les permitiría comprarlos.
 
Hubo gente que, al hacerse popular, conseguían grandes cantidades de Peluches Cálidos sin tener que devolverlos. Luego los vendían a los que no eran populares para que pudieran sobrevivir.
 
Sucedió también que alguna gente tomaba Espinosos Fríos, que eran abundantes y gratuitos, los cubrían de pelusa blanca y los hacían pasar por Peluches Cálidos. Estas falsificaciones eran, en realidad, Peluches Plásticos que causaron todavía más problemas. Por ejemplo, dos personas se reunían e intercambiaban cantidades de Peluches de Plástico, y se suponía que tenían que estar contentos; sin embargo no era así. Como pensaban que habían intercambiado Peluches Cálidos, les desconcertaba sentirse fríos y pinchosos, ya que no se habían dado cuenta que lo que habían intercambiado eran, en realidad, Peluches de Plástico.
 
Por consiguiente, la situación era catastrófica y todo empezó con la llegada de la bruja, quien hizo creer a todos que el día menos pensado abrirían su Bolsa de Peluches y no encontrarían nada.
 
Pasado un tiempo, llegó a este infeliz lugar una joven mujer de anchas caderas, nacida bajo el signo de Acuario. Al parecer, no sabía nada acerca de la bruja y no le preocupaba quedarse sin Peluches. Los daba gratuitamente, incluso cuando no se los pedían. La llamaban la Mujer de las Caderas y la censuraban por meter en la cabeza de los niños la idea de que si se quedaban sin Peluches no debían preocuparse. Los niños estaban encantados y a gusto con ella, y empezaron a dar Peluches cuando les venía en gana.
 
Los adultos, muy preocupados, decidieron promulgar una ley para proteger a los niños del despilfarro de Peluches Cálidos. Esta ley consideraba que dar Peluches de manera imprudente, sin tener licencia para ello, era un delito penal. No obstante, a muchos niños no pareció importarles y, a pesar de la ley, continuaron dándose Peluches cuando les apetecía hacerlo o cuando se los pedían. Como eran muchos, muchos niños, tantos como los adultos, daba la impresión de que se saldrían con la suya.
 
A partir de ahora no se sabe lo que va a pasar. ¿Podrán los adultos poner coto a la imprudencia de los niños por la fuerza de la ley? ¿Se unirán los adultos a la Mujer de las Caderas y a los niños para correr el riesgo de que haya siempre tantos Peluches como sean necesarios? ¿Recordarán aquellos días, a los que los niños quieren volver, en que los Peluches Cálidos eran abundantes porque todo el mundo los daba gratuitamente?
 
La lucha se desplegó sobre todo el país y probablemente ocurre justo donde tu vives. Si tú quieres, y espero que así sea, tú puedes unirte dando y pidiendo Peluches libremente y siendo lo mas cariñoso y sano posible.
 

 
© 1969 Claude Steiner

Hace pocos días descubrí este cuento y no recuerdo cómo lo encontré. El caso es que he buscado en Internet y hay algunos sitios que lo tienen, pero no se comenta nada acerca de él. Porque no sé exactamente a qué se refiere. Cuando me he puesto a leerlo hubiera jurado que se refería a las descargas de Internet, a la cultura gratis y a la filosofía del compartir del P2P. Pero al llegar al final he visto que fue escrito en 1969, así que es imposible que se refiera a eso. ¿O acaso era premonitorio?
El caso es que el cuento está bien, por eso lo pongo aquí.
 
En fin, si alguien sabe de qué va la cosa…




2/7/2008

El alquimista

escrito por @ 6:53. Archivado en Historias para no dormir
  

Desde siempre me han llamado la atención sus textos que he ido leyendo en revistas y publicaciones, pero nunca me había leído un libro suyo. Así que he empezado por el que creo que es su libro más conocido y he encontrado un par de historias que me han gustado mucho:
 

Un mercader envió a su hijo a aprender el secreto de la felicidad con el más sabio de todos los hombres. El muchacho anduvo durante cuarenta días por el desierto, hasta llegar a un bello castillo, situado en lo alto de una montaña: allí vivía el sabio que el muchacho estaba buscando.
Pero en lugar de encontrar a un hombre santo, nuestro héroe entró en una sala llena de gente, donde sucedían muchas cosas a la vez: entraban y salían mercaderes, la gente conversaba por los rincones, una pequeña orquesta tocaba suaves melodías y había una mesa con los más deliciosos platos de aquella región del mundo.
El sabio conversaba con todos, y el muchacho tuvo que esperar dos horas a que le llegara el turno de ser atendido.
 
El sabio escuchó atentamente el motivo de la visita del muchacho, pero dijo que en aquel momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad. Le sugirió que se diese un paseo por su palacio y que regresase al cabo de dos horas.
–Sin embargo, deseo pedirte un favor –dijo el sabio, mientras le daba al muchacho una cucharita de té en la que vertió dos gotas de aceite.
"Mientras vas caminando, lleva contigo esta cucharita sin dejar que se derrame el aceite."
El muchacho empezó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la cucharita. Al cabo de las dos horas volvió en presencia del sabio.
–Así pues –preguntó el sabio–, ¿has visto los tapices persas que hay en mi salón? ¿Has visto el jardín que el maestro de los jardineros tardó diez años en crear? ¿Has reparado en los bellos pergaminos de mi biblioteca?
El muchacho, avergonzado, confesó que no había visto nada: su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite que el sabio le había confiado.
–Pues entonces vuelve y conoce las maravillas de mi mundo –dijo el sabio–. No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.
 
Ya más tranquilo, el muchacho cogió la cucharita y volvió a pasear por el palacio, esta vez reparando en todas las obras de arte que colgaban del techo y de las paredes.
Vio el jardín del maestro de los jardineros, que armonizaba con las montañas del horizonte. Sintió el perfume de cada flor. Admiró los pergaminos de textos sagrados, creados por el hombre con paciencia y devoción. Observó que, aunque el sabio tuviese tantísimas obras de arte, sabía distribuirlas con equilibrio por toda la casa, de modo que cada una de ellas pudiese recibir la atención del visitante.
De vuelta en presencia del sabio, relató cuidadosamente todo lo que había visto.
Y el sabio le preguntó:
–Pero ¿dónde están las dos gotas de aceite que te confié?
Horrorizado, el muchacho miró la cucharita y se dio cuenta de que las había derramado.
–No te preocupes –dijo el más sabio de todos los sabios–. Tú viniste aquí en busca de un consejo y esto es todo lo que tengo que decirte:
"El secreto de la felicidad está en contemplar todas las maravillas del mundo y no olvidarse nunca, en ningún momento, de las dos gotas de aceite en la cucharita".

 

La caravana comenzó a viajar día y noche. A cada momento aparecían los mensajeros encapuchados, y el camellero que se había hecho amigo del muchacho explicó que la guerra entre los clanes había comenzado. Tendrían mucha suerte si conseguían llegar al oasis.
Los animales estaban agotados y los hombres cada vez más silenciosos. El silencio era más terrible por la noche, cuando un simple relincho de camello -que antes no pasaba de ser un relincho de camello- ahora asustaba a todo el mundo y podía ser una señal de invasión.
El camellero, no obstante, no parecía estar muy impresionado con la amenaza de guerra.
-Estoy vivo -dijo al muchacho mientras comía un plato de dátiles en la noche sin hogueras ni luna-. Mientras estoy comiendo, no hago nada más que comer. Si estuviera caminando, me limitaría a caminar. Si tengo que luchar, será un día tan bueno para morir como cualquier otro.
Porque no vivo ni en mi pasado ni en mi futuro. Tengo sólo el presente, y eso es lo único que me interesa. Si puedes permanecer siempre en el presente serás un hombre feliz. Percibirás que en el desierto existe vida, que el cielo tiene estrellas, y que los guerreros luchan porque esto forma parte de la raza humana. La vida será una fiesta, un gran festival, porque ella sólo es el momento que estamos viviendo.

 
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15/11/2007

Queda prohibido

escrito por @ 23:39. Archivado en Historias para no dormir
  

¿ Qué es lo verdaderamente importante?,
 
busco en mi interior la respuesta,
 
y me es tan difícil de encontrar.
 
 
 
Falsas ideas invaden mi mente,
 
acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,
 
aturdida en un mundo de falsas ilusiones,
 
donde la vanidad, el miedo, la riqueza,
 
la violencia, el odio, la indiferencia,
 
se convierten en adorados héroes.
 
 
 
Me preguntas cómo se puede ser feliz,
 
cómo entre tanta mentira puede uno convivir,
 
cada cual es quien se tiene que responder,
 
aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:
 
queda prohibido llorar sin aprender,
 
levantarme un día sin saber qué hacer,
 
tener miedo a mis recuerdos,
 
sentirme sólo alguna vez.
 
 
 
Queda prohibido no sonreír a los problemas,
 
no luchar por lo que quiero,
 
abandonarlo todo por tener miedo,
 
no convertir en realidad mis sueños.
 
 
 
Queda prohibido no demostrarte mi amor,
 
hacer que pagues mis dudas y mi mal humor,
 
inventarme cosas que nunca ocurrieron,
 
recordarte sólo cuando no te tengo.
 
 
 
Queda prohibido dejar a mis amigos,
 
no intentar comprender lo que vivimos,
 
llamarles sólo cuando les necesito,
 
no ver que también nosotros somos distintos.
 
 
 
Queda prohibido no ser yo ante la gente,
 
fingir ante las personas que no me importan,
 
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
 
olvidar a toda la gente que me quiere.
 
 
 
Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo,
 
no creer en mi dios y hacer mi destino,
 
tener miedo a la vida y a sus castigos,
 
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.
 
 
 
Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,
 
olvidar los momentos que me hicieron quererte,
 
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
 
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.
 
 
 
Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
 
pensar que sus vidas valen más que la mía,
 
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
 
pensar que con su falta el mundo se termina.
 
 
 
Queda prohibido no crear mi historia,
 
dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
 
no tener un momento para la gente que me necesita,
 
no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.

por Alfredo Cuervo Barrero

 
Este poema está atribuido erróneamente a Pablo Neruda y es de justicia que quede bien claro quién es su auténtico autor.
El poema se ha publicado bajo una licencia ColorIURIS.
 
También hay una presentación (o PowerPoint, o PPS) de un extracto del poema, pero esta presentación se hizo pensando que era de Neruda.
 

 
Autor | Alfredo Cuervo Barrero
Vía | CENTRO Y CONTORNO




13/11/2007

Bienes comunes

escrito por @ 19:08. Archivado en Historias para no dormir
  

Estimada Cristina:
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.

Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.

Cosas a conservar:

- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.

- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.

- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.

- La mancha de rimel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.

- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.

- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.

- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.

- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).

Cosas que puedes conservar tú:

- Los silencios.

- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.

- El sabor acre de los insultos y reproches.

- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.

- Las nauseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.

- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.

- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.

- Jorge y Cecilia. Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.

Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo solo son eso: objetos.

Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (914070485) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.

Afectuosamente,

Roberto.

 
Parece que es un hombre, ¿verdad? Pues no, no es un hombre. Lo ha escrito una joven de 29 años, llamada Susana López Rubio, ganando con él el primer premio de la tercera edición del "Concurso Antonio Villalba de cartas de amor".
 
Enlace al texto | Bienes comunes




8/9/2007

Hay que pensar más

escrito por @ 14:09. Archivado en Historias para no dormir
  

La siguiente anécdota, aparentemente relatada por Ernest Rutherford (premio Nóbel de Química en 1908), nos muestra la actitud que debería asumir un estudiante, y un profesor, al momento de responder preguntas y escuchar las respuestas.
Esta anécdota refleja la actitud que debería tener un estudiante-ingeniero que se prepara para resolver problemas.
 

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y yo fui elegido.
 
Leí la pregunta del examen y decía:
- Demuestre ¿cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro?
 
El estudiante había respondido:
- Lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.
 
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de sus estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
 
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.
 
Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.
 
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta:
 
- Coger el barómetro y lanzarlo al suelo desde la azotea del edificio, calcular el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la siguiente fórmula:

Altura = 0,5 por A por T2.

Y así se obtiene la altura del edificio.
 
En este punto, le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.
 
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.
 
- Bueno, -respondió- Hay muchas maneras, por ejemplo, coger el barómetro en un día soleado y medir la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
 
- Perfecto, -le dije- ¿hay otra manera?
 
- Sí, -contesto-. Este es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. Este método consiste en coger el barómetro y situarse en las escaleras del edificio en la planta baja. Según sube las escaleras, va marcando la altura del barómetro y cuenta el número de marcas hasta la azotea. Multiplica al final la altura del barómetro por el número de marcas que ha hecho y ya tiene la altura. Este es un método muy directo.
 
Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
 
En este mismo estilo de sistema, ata el barómetro a una cuerda y lo descuelga desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puede calcular la altura midiendo su periodo de precisión.
 
- En fin, -concluyó- existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.
 
En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores le habían enseñado a pensar.

Nota:

(Altura = 0,5 x Aceleración x Tiempo al cuadrado)


 
Se dice que esta historia es verídica. El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nóbel de Física en 1922, mejor conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue, fundamentalmente, un innovador de la teoría cuántica.
 
En realidad, esta historia fue creada por Alexander Calandra en 1961, en inglés, publicada en Saturday Review en 1968.

Enlaces en castellano:
Recursos para estudiantes
Desde una sucursal de Macondo
CIENCIAnet
 
Enlaces en inglés:
Recursos para estudiantes
Snopes.com
CIENCIAnet
Standler homepage
 
Bueno, pues esta es mi primera entrada desde Linux, desde un flamante SUSE 10.2 corriendo en VirtualBox, un virtualizador que permite instalar varios sistemas operativos y ejecutarlos sin tener que reiniciar. Quizá haya otros mejores, pero vi que este era gratuito y me ejecuta Linux sin problemas, así que ¿para qué quiero más? Lo curioso es que si instalo Linux a pelo, en su propia partición, no me funciona internet y, en cambio, desde aquí funciona sin problemas.
Pero no todo es perfecto: la entrada está escrita desde Windows y publicada desde SUSE, aunque lo importante es echar a andar ;) Espero ir cogiendo el truquillo e ir migrando poco a poco.




29/6/2007

Pelotas de golf

escrito por @ 12:10. Archivado en Historias para no dormir
  




13/5/2007

La naturaleza

escrito por @ 21:45. Archivado en Historias para no dormir
  

Si pierdes contacto con la naturaleza, lo pierdes con la humanidad. Si no tienes relación con la naturaleza, te vuelves un asesino. Matas animales por dinero, por “deporte”, para comer o por conocimiento, entonces la naturaleza te teme y retira su belleza. Puedes salir a caminar al bosque o al campo, pero eres un asesino y has perdido su amistad.

Jiddu Krishnamurti1 - 2



2/5/2007

Usen protector solar

escrito por @ 5:45. Archivado en Historias para no dormir
  


 
Texto completo | Usen protector solar




30/4/2007

Construir una nave

escrito por @ 4:48. Archivado en Historias para no dormir
  

Si quieres construir una nave, no llames a la gente que busca la madera, que prepara las herramientas necesarias; no distribuyas tareas, no organices el trabajo. Primero despierta en los hombres la nostalgia del mar lejano e ilimitado.
En cuanto esta sed se haya despertado, los hombres se pondrán, enseguida, manos a la obra para construir la nave.

Antoine de Sant-Exupèry



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Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo. (Aristóteles)

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