Diarreas mentales de un pendejo electrónico
Ayer tuve esa clase de envidia.
El edificio donde yo vivo tiene un pequeño jardín alrededor, con su césped y unos arbolitos. Ahí se quedaron jugando mis hijos con sus amiguitos de la zona, mientras yo me iba a hacer unos recados.
Cuando regresé mi hija estaba jugando con una pistola de agua, corriendo tras y delante de un par de amiguitas, lanzándose chorros refrescantes (debíamos de rondar los 40º C).
Pero quien me dio envidia de veras fue mi hijo. Estaba sentado en el césped, bajo la sombra de un árbol, reclinado hacia atrás, con las manos apoyadas tras la espalda, mirándome cuando llegué con esa expresión en la cara de quien disfruta del momento, sin otra cosa que hacer que dejar pasar el tiempo, esa misma expresión que tenemos cuando estamos en nuestro lugar de vacaciones los primeros días, pensando en el mucho tiempo que tenemos todavía. Porque los últimos días, aunque aún estemos de vacaciones, esa expresión se va transmutando en otra, en esa que ponemos cuando se acaba lo bueno, cuando se aproxima la vuelta a nuestra rutina laboral.
Yo le he dicho muchas veces a mi hijo que estudie para maestro de escuela y se lo digo muy en serio. Quizá no sea una profesión apasionante si no te gusta la enseñanza, pero tampoco lo es mi trabajo y no tengo más remedio que acudir a diario.
Pero yo tengo 35 días de vacaciones al año y los maestros de la escuela de mis hijos las han empezado ahora y no vuelven hasta mediados de Septiembre, sin contar las 2 semanas de Semana Santa, las 2 de La Magdalena, las 3 de Navidad y los puentes y acueductos varios.
De acuerdo, también han de trabajar en esos días, puesto que han de preparar el curso, las clases, corregir exámenes… Pero no es lo mismo hacerlo en casa que tener que ir a fichar a tu puesto de trabajo.
No, no es lo mismo.

La niña ha acabado su fase pre-escolar y el año que viene empezará 1º de Primaria, con una nueva profesora que ya les exigirá estudiar y les impondrá los deberes de toda la vida, en lugar de aprender mediante el juego como ha hecho hasta ahora.
A modo de despedida, le han dado una especie de orla, como la que dan en las universidades, aunque infantilizada, acorde al ciclo escolar que ha terminado. En los tiempos en los que yo iba a la escuela esas cosas no se hacían, o por lo menos eso creo recordar, que ha llovido mucho desde entonces.
Pero el cambio mayor lo sufrirá mi hijo, puesto que ha terminado Primaria y el año próximo empezará la E.S.O. Todo será distinto: cambiará el cole por el insti, muchos de sus compañeros de clase hasta ahora, no estarán; llegará gente nueva, pasará de estar en la clase de los más mayores a estar en la clase de los más pequeños, las asignaturas se multiplicarán en número y aumentarán el grado de dificultad y lo peor de todo será que entrará en contacto con el tabaco, el alcohol y las drogas.
Ahora es cuando va a jugarse su futuro, cuando va a perfilar lo que será de aquí a unos años, dependiendo de lo que se deje influenciar, ahora que va a entrar en la edad del pavo, por las "alegrías" de la juventud, por las opiniones de sus amigos o por el entorno por el que se vaya a mover. Mala época para el padre de un muchacho de casi 13 años…
Como despedida se lleva, aparte de sus recuerdos que, con el tiempo se los llevará el viento en su mayor parte, la típica foto escolar con sus compañeros y la clase de 6º de la otra línea, junto al equipo docente de su ya ex-colegio, Bernat Artola, foto que colocarán en el llamado "pasillo de los profesores", junto al resto de fotos de promociones anteriores.
Ahora sólo espero que escuche y siga los consejos de su padre, aquellos mismos que yo escuché pero no seguí. Porque siempre se da uno cuenta cuando ya es demasiado tarde…

Mi hijo ha llegado esta tarde (aún estamos a viernes, ya que todavía no me he acostado y, por lo tanto, no he pasado la hoja del calendario) del Mas de Borrás, al que fue el miércoles a pasar unos días, con motivo del fin de curso y fin de sus años en la escuela, ya que el año próximo le toca ir al insti. Mi mujer le ha echado bastante de menos y yo la verdad es que no mucho. Y os preguntaréis qué clase de padre soy que no echa de menos a su hijo; la verdad, le hubiera echado de menos si se hubiera ido muchos más días, o si se hubiera ido a un sitio en el que no estuviera bien, o no supiera cuándo le iba a volver a ver… Pero no podía ir a mejor sitio; lo sé porque he estado allí. Allí estuvimos a pasar un fin de semana y sé cómo se lo pasó con nosotros, así que no he tenido que imaginar mucho para saber cómo se lo ha pasado sin nosotros, con sus compañeros de cole, con la vigilancia más permisiva de unos tutores, en lugar del ojo que todo lo ve de sus padres. Así que no le he echado de menos porque sabía que se lo iba a pasar genial y apenas tendría tiempo para acordarse de nosotros, y que iba a ser muy poco tiempo el que iba a estar fuera. Y esta tarde hemos ido a la fiesta de fin de curso del colegio, que han puesto unas mesas para hacer una cena de sobaquillo, que no es más que una cena popular en la que cada uno se trae su comida y bebida de casa y se junta con los más allegados para cenar. Allí hemos estado un rato con otras familias, hemos dejado a los ninios a sus anchas y nos hemos venido para casa. Y como no tengo otra cosa que hacer, pues me he puesto a actualizar esto 
Se le vio aquella mañana de Octubre cuando la rescatamos de la higuera en que había subido la tarde que llegamos.
Fuimos al Mas de Borrás a pasar un fin de semana en el monte. Pillamos una cabaña de madera cercana a la masía y llegamos allí el viernes por la tarde, cercana la noche. Al bajar la larga escalinata que conducía a nuestra cabaña pasamos por delante de una fuente, junto a la que había una higuera. Allí estaba. Había trepado por sus ramas y ahora no podía bajar. No podíamos verla porque ya era de noche, así que nos fuimos a dormir pensando que ya bajaría cuando quisiera, y ella se quedó allí, maullando. Sí, ella es una gata.
A la mañana siguiente subimos a desayunar a la masía y volvimos a pasar frente a la higuera. No había bajado. Seguía maullando como esa noche, así que iniciamos el rescate.
Ibai, mi hijo de 12 años, se encaramó sobre la fuente y yo me metí por un lado, con mucho cuidado, ya que eran abundantes las zarzas, mientras mi mujer e Iraia, mi hija de 6 años, permanecían atentas.
La gata no quería que la cogiéramos, reculó hasta que quedó colgando en una horquilla formada por dos ramas, sujeta por la cabeza y el sobaco de una pata. Finalmente conseguimos bajarla al suelo y, tras unas caricias, la dejamos en un lugar cercano, por el que acababa de pasar una gata adulta con varios gatitos y supusimos que sería su familia. Tras ello nos fuimos a desayunar.
El sábado la volvimos a ver, esta vez en una caja de cartón, junto a una de sus hermanas. La gente del Mas las había cogido para alimentarlas con pan humedecido en leche, esperando que alguien las acogiera. Tenían apenas un mes.
Mi mujer era un poco reacia a traerla. Regresamos el domingo y ella vino con nosotros. Luna fue el nombre que le dieron los niños.
Nunca ha sido una gata que se haya hecho querer; siempre fue arisca, poco cariñosa y juguetona con nosotros, supongo que por sus orígenes montunos, pero se la ha querido igualmente, incluso por mi mujer, a pesar de que no la dejaba dormir por las noches, teniendo que sacarla al balcón o al alféizar de la ventana de la cocina estas últimas semanas.
Abrir una de las llaves del gas de la encimera ha sido lo que ha precipitado su salida de casa. Mi mujer me llamó al trabajo, asustada, pensando que algún día no nos despertaríamos, asfixiados por el gas.
Ayer se la llevó una amiga de mi mujer, que su madre tiene una masía en el monte, donde hay varios gatos, ariscos como ella, que no necesitan tampoco el cariño humano. Quizá allí esté mejor, en un ambiente como el que nació, en lugar de un piso cerrado, puesto que siempre ha sido muy independiente, aventurera y un tanto salvaje.
Lo peor ha sido lo del niño. A mí me ha dado mucha pena que la gata se vaya, como a todos, pero me ha dado mucha más ver esta mañana cómo mi hijo humedecía con sus lágrimas las hojas del libro que estudiaba. Anoche, cuando llegué del trabajo, mi mujer me dijo que había estado llorando, aunque estaba viendo la tele cuando yo entré en su habitación y, aparentemente, estaba bien. Pero esta mañana ha vuelto a llorar y no sabes qué decir, cómo dar ánimos a un niño de 12 años. Aunque sepas que se le pasará.
En fin, que la vida sigue…

En fin, que me voy a sobar que estoy hecho una mierda, estoy muy cansado y no tengo ganas de ná.

Pues sí, yo también me he puesto un bicho de estos. No quería animales, la verdad, puesto que no tengo tiempo para sacar al perro a mear, pero se lo vi a mi amigo segio y me hizo gracia, así que ahora tengo uno, pero como si no tuviera ná.
En fin, que si tengo algo de tiempo pondré algo y si no lo tengo pues me jodo y ya está, que será lo más normal.
Pues eso, que no esperéis grandes filosofadas, ni pequeñas tampoco, que no tengo tiempo para paridas; se hará lo que se pueda.

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Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar. (El mar invisible) (Juan Cobos Wilkins)
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