Diarreas mentales de un pendejo electrónico
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Tras casi 15 meses practicando Tai Chi, durante los cuales he lamentado no haberlo descubierto antes, pues pocas cosas he hecho que me satisfagan tanto, ya he dado un paso más y me he federado. Según me dijo mi maestro (él dice que no es maestro, pues realmente todavía no tiene el título como tal, pero como es quien me enseña a mí me gusta llamarle así), ya no soy un simple practicante de piscina (lugar donde practico), que ahora ya soy algo más, y que ahora él y yo somos compañeros de práctica, lo cual me ha llenado de orgullo en cierto modo, pues me ha hecho sentir por unos minutos como algo más al ponerme a su misma altura.
Bueno, poniendo los pies en la tierra, tampoco es que cambie mucho, solo es un poco de satisfacción personal y una cierta responsabilidad, pues ahora ya hay que tomarlo verdaderamente en serio y, dentro de poco, examinarse para obtener los cinturones de color correspondientes.
Inevitablemente, los vecinos elaboramos algunas teorías sobre lo sucedido, descartando enseguida la idea de un accidente, pues la mujer, que además vivía sola, hacía tiempo que iba desmejorando poco a poco y los que habían hablado con ella recientemente decían que algunas veces tenía un comportamiento algo extraño, por lo que se apostó por el suicidio.
Poco después del hecho, ese hombre que posiblemente fuera el primero en ver a la mujer y llamar al 112, subió a la azotea a recoger algo de ropa tendida, un piso por encima del cuarto y se asomó para ver el balcón de la mujer, pues si había estado limpiando los cristales o haciendo algo en el balcón habría quedado algún objeto. Pero lo único que vio fuera de lo común fue una maceta en el medio, fuera de su lugar, con la planta chafada como si la hubieran pisado. A falta de confirmación oficial, eso le hizo pensar que la mujer utilizó la maceta para ayudarse a saltar al vacío.
La mujer, en su caída, no se golpeó contra el balcón del tercer piso, sino contra el balcón del segundo, pues desde la azotea el hombre vio las plantas de este balcón chafadas contra la barandilla, parte de las cuales habían sido arrastradas en la caída. El golpe tuvo que ser tremendo, pues tras la caída en vertical y el golpe en el balcón del segundo piso, la mujer cayó a un par de metros de la vertical, por lo que tuvo que rebotar antes de impactar contra el suelo.
Y para quien se lo pregunte… Sí, ese hombre soy yo, la que casi se pone histérica es mi mujer y el adolescente es mi hijo. La suerte mía fue que mi hija, que hace 11 años este viernes y es muchísimo más impresionable que nosotros, se fue a pasar el largo fin de semana con una amiga y no tuvo que presenciar tan lamentable hecho.
Descansa en paz, María.
Bueno, pues en estos últimos tiempos he estado en algunos sitios en los que he sacado bastantes fotos, fotos que me gustaría compartir, pero de momento me voy a conformar con las últimas, con las de estas navidades.
Como todas las navidades, hemos ido a Bilbao, a casa se mi suegra, a estar con la familia de mi mujer. Del mismo barrio en el que estamos, Uretamendi, saqué unas fotos a un ascensor que han puesto, que evita tener que subir unas cuestas muy pronunciadas y le ha dado media vida a la gente del barrio, sobre todo a los más mayores.
También eché unas fotos desde unas oficinas de la Alameda de Mazarredo, desde las que se aprecia el Guggenheim, la ya famosa Torre Iberdrola que están construyendo y unas vistas a la universidad de Deusto, a la izquierda, y a la Residencia Fundadora Siervas de Jesús de la Caridad, a la derecha.
Rakel, la sobrina mayor de mi mujer, y Mariano, su pareja, nos llevaron a Alsasua, a ver una cabaña construida en un árbol de un bosque cercano, y después nos llevaron al caserío Sarabe, donde compramos unos quesos, de los famosos 'Idiazabal'. De vuelta a Bilbao hicimos un alto en Bakaiku a tomar unos cafés para calentar el cuerpo.
Mis cuñados Antonio y Marisa me llevaron un día a dar de comer a las gallinas que tienen en su casa de Praves, aunque dimos un pequeño rodeo de 245 kilómetros, pasando primero por Crespo, en la provincia de Burgos, después por el espectacular pueblo de Orbaneja del Castillo, también en Burgos, un pueblo precioso que recomiendo ver a todo el que pueda acercarse, luego en San Martín de Elines, ya en Cantabria, y finalmente paramos un momento en el Puerto del Escudo a sacar unas fotos antes de ir a Praves, donde, ya tarde, comimos unos huevos recién cogidos con chorizo y patatas, que hacía siglos que no comía.
La última ruta fotográfica fue un paseo por el Arraiz, un monte cercano a Uretamendi, desde el que hay unas buenas vistas de Bilbao.
Todas las fotos, agrupadas por álbumes, están aquí:
El hombre venía desde la otra acera y, cuando se incorporó a la mía lo hizo tres o cuatro pasos por delante. Vestía de negro, todo de negro; pantalón negro, camisa negra embutida por dentro del pantalón, sujeto por un cinturón marrón, única nota de color sobre tanto negro. Las gafas de sol también eran negras, y la calva le llegaba hasta la cima de la cabeza.
De repente, detuvo sus pasos durante un breve segundo, tiempo que aprovechó para taparse un orificio de la nariz con un dedo mientras expulsaba el aire con fuera por el orificio nasal sin tapar. Algo cayó al suelo. No quise mirar lo que era. No sacó un pañuelo y, desde mi perspectiva, solo le vi mover un poco las manos por la cara. No es difícil imaginar qué hacía con ellas.
Echo a andar de nuevo y, de repente, detuvo de nuevo sus pasos durante un segundo. Yo aminoré la marcha, temeroso de alcanzarle y temiendo lo que se avecinaba. Tapó con un dedo el otro orificio de la nariz mientras expulsaba el aire con fuera por el orificio libre. Ya no quise mirar y no sé si algo cayó esta vez al suelo, aunque por el sonido de la expulsión me temo que sí. Volvió a repetir el movimiento de manos y tampoco sacó ningún pañuelo.
Seguimos andando. Llegamos al semáforo y cruzamos la calle hasta llegar al ambulatorio de mi barrio. Nada más aproximarnos al ambulatorio llegamos a la altura de un hombre que había parado cerca de la puerta, justo en el momento en que ese segundo hombre… llevaba un dedo a uno de sus orificios nasales y expulsaba fuertemente el aire por el otro orificio, tras lo cual, este sí, se limpió con un pañuelo.
¿Una nueva epidemia arrasa la ciudad?

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Educación es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido en la escuela. (Albert Einstein)
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