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Perdonen que no me levante » Los 10 mandamientos

Perdonen que no me levante

Diarreas mentales de un pendejo electrónico

8/1/2009

Las horas canónicas

escrito por @ 11:00. Archivado en Los 10 mandamientos
  

Cada vez me estoy aficionando más a las novelas ambientadas en tiempos pasados, sobre todo las de la Edad Media. En aquella época la vida de las poblaciones estaban regidas por el ritmo de los monasterios e iglesias que campaban en todas ellas y siempre se hacía referencia a un momento concreto del día usando las llamadas "horas canónicas". ¿Alguna vez os habéis preguntado la equivalencia entre esas horas canónicas y las horas actuales? Esto es lo que he encontrado:
 

MAITINES A las 0:00 o entre las 2 y las 3 de la noche (según fuentes)
Reloj de horas canónicas
LAUDES Al alba, entre las 5 y las 6 de la madrugada
PRIMA Entre las 7 y las 7:30 de la mañana
TERCIA Sobre las 9 de la mañana
SEXTA Al mediodía
NONA Entre las 14 y las 15 horas de la tarde
VÍSPERAS Al ponerse el sol
COMPLETAS Una vez ha anochecido completamente y antes de acostarse los monjes


 
Horas canónicas
La percepción medieval del tiempo
Toques de campanas de la Comunidad de Religiosas del Monasterio de Agustinas de Errenteria
Horario de un día durante la semana, para un monje del claustro (Cartujos)




16/10/2008

Reservado el derecho de admisión

escrito por @ 21:56. Archivado en Los 10 mandamientos
  

Si no me equivoco, el derecho de admisión es el derecho que tiene el dueño de un local público a prohibir la entrada a quien considere oportuno, que para eso es suyo.
 
Ayer me encontré a mi sobrino Iván y me contó que, en el viaje que hizo con su familia a Italia, en Roma, a su hermana no la dejaron entrar en una iglesia. El motivo: se le veían las rodillas. Parece ser que por allí está prohibido entrar en las iglesias si se te ven las rodillas o los hombros.
 
¿A quién pertenecen las iglesias? ¿Las iglesias son de la Iglesia o pertenecen al patrimonio artístico y cultural de la humanidad? Si son de la humanidad, y por lo tanto me pertenecen mientras pague mis impuestos, ¿qué derecho tiene la Iglesia a prohibirme la entrada? Y si son una propiedad privada que pertenece a la Iglesia, ¿por qué hay parte de los impuestos destinados a ellas y con qué cara la Iglesia pide a los ciudadanos que ayuden a su mantenimiento con toda la pasta que tienen? ¿Es que no quieren gastarla o es solo para los gastos del Papa y el Vaticano?
A mí me parece estupendo que pongan unas normas de decoro en todas partes, es lo lógico, tanto en lugares públicos como privados, tanto del Estado como de particulares. Pero esas normas, ¿han de ser del siglo XXI, que es el que estamos viviendo, o han de ser del siglo XIII, cuando la piel tenía que ir tapada? Me parece una absoluta estupidez prohibir la entrada a un lugar, por muy iglesia que sea, porque se te ven las rodillas o los hombros. ¿Cómo te pueden prohibir la entrada a estas alturas de la vida? ¿Tan retrógrada sigue siendo la Iglesia que impone esas normas de siglos pasados? Y luego se quejan de que están perdiendo fieles a marchas forzadas. Y luego hablamos de los musulmanes y el burka




9/9/2008

Tradiciones

escrito por @ 6:32. Archivado en El gran dictador, El mundo está loco loco loco, Los 10 mandamientos
  

España es un país de tradiciones, algunas de ellas muy arraigadas. Una de ellas es la religión, aunque digan que este es un estado laico. Mayoritariamente nos casamos, bautizamos a nuestros hijos, les confirmamos y nos hacemos funerales siguiendo los ritos católicos, apenas sin cambios desde hace tantos años. ¿Y por qué lo hacemos? Por tradición, por costumbre, porque siempre se ha hecho así.
Y siendo un país laico celebramos la Navidad y no nos acaba de gustar Papá Noel porque es extranjero, preferimos a nuestros Reyes Magos, que son nuestros, una figura bíblica.
Aunque estas fiestas quedan muy lejos del fervor religioso (y luego hablamos del fundamentalismo musulmán) de la Semana Santa, cuando en miles de pueblos sacamos a pasear por las calles a esos trozos de madera clavados a una cruz o vestidos con riquísimos ropajes representando vírgenes (¿de dónde sacamos tantas vírgenes si se supone que solo había una?), incumpliendo el mandamiento bíblico desaparecido de los catecismos de no adorar imágenes. La gente paga y se pega por llevar unos metros sobre sus hombros, incluso hay quien se prepara durante todo el año, a toda clase de santos, vírgenes, cristos y demás fauna religiosa, todo ello en base a unas tradiciones que vamos arrastrando por los tiempos.
 
La otra tradición, disfrazada de seudo-cultura, es la que se sustenta de estos dos argumentos o excusas: la taurina.
La mal llamada "fiesta nacional" es una fiesta tradicional y esos son dos de los tristes argumentos de quienes defienden la tortura de unos animales criados para satisfacer el ansia de sangre y mutilación de demasiados salvajes en este país de pandereta, que lo único que hacen es aumentar los abultados bolsillos de unos cuantos ganaderos y de unos cuantos toreros, llamados por sus legiones de seguidores "maestros", "artistas" y, en el colmo de lo absurdo, "matadores". Estos son los modernos gladiadores de hoy en día, salvo que ahora juegan con ventaja. Ya no luchan con otro ser humano en igualdad de condiciones o contra un león hambriento desesperado por llevarse un trozo de carne a la boca, sino que esquivan las embestidas de un animal asustado al que para poder doblegar han de clavar una puya repetidas veces y llenar el lomo de banderillas para que vayan desgarrando al toro y mermar sus fuerzas, porque si no debilitaran al animal no tendrían los cojones suficientes para enfrentarse a él.
Y, a diferencia de lo que piensa mi amiga kiraya, yo sí creo que tenemos a ese César. Al igual que los gladiadores evolucionaron para convertirse en toreros el César evolucionó y ahora le llamamos Majestad. Resulta patético ver a quien los caducos monárquicos llaman nuestro rey, el rey de todos los españoles, o, en su lugar, a su primogénito de futuro asegurado, a diferencia de la mayoría de sus mileuristas súbditos, junto a su cenicienta consorte, agitando el pañuelito en señal de aprobación, en lugar de mostrarnos su regio pulgar, para que mutilen al animal agonizante y le den los trofeos al "maestro", cortados del animal todavía vivo.
Y como ese moderno César no puede estar en todas partes, aunque muchos le halaguen y le traten como si fuera un diosecillo, en las plazas de toros existe la figura del Presidente, que decide sobre la vida y la muerte del animal o sobre cuantas partes del animal aún agonizante han de mutilar para dárselo a su torturador.
 
Tradición. Hermosa palabra de hermoso significado, empleada como excusa para perpetuar costumbres que no pueden perpetuarse de otro modo. Hace muchos años existía una tradición, la lucha de gladiadores en los anfiteatros, usada para disfrute de los ciudadanos de Roma. También tenían otra tradición, muy popular en aquella época, que era arrojar a los cristianos a los leones. Afortunadamente ya no existen, pero, ¿por qué no las retomamos si fueron tradiciones en su tiempo? ¿Y la esclavitud? también fue tradicional durante mucho tiempo e incluso hoy en día siguen habiendo formas de esclavitud. ¿Por qué no la retomamos? ¿Y por qué no importamos tradiciones de otros países? La ablación de clítoris es una tradición vigente hoy en día en algunos países, podíamos traerla a nuestro país, que nos íbamos a divertir mucho.
 
En fin, que sí, que el ser humano es extraordinario.
 
Diez razones para terminar con las corridas de toros
Cada año se maltratan 60.000 animales en nuestras fiestas
El Toro de la Vega: una tradición salvaje, en Tordesillas




6/9/2008

La homosexualidad en el Levítico

escrito por @ 11:24. Archivado en Los 10 mandamientos
  

Muchas veces me han preguntado, a modo de reproche, si me he leído "La Biblia". Es la pregunta típica que me hacen los que no se la han leído, casi siempre católicos, los que solo la conocen cuando la leen en sus reuniones, sacada de contexto e interpretada a su conveniencia por aquellos que se proclaman como únicos que saben interpretarla. Y la verdad es que, como es un libro que tenía ganas de leer desde hace mucho tiempo, me he animado y he empezado a leerlo; pero de principio a fin, no solo esos capítulos interesados que nos muestra la Iglesia católica, sino todo lo que hay escrito.
Y, además, voy a fijarme muy bien en ciertos detalles, detalles que quizá se le hayan pasado a más de uno que se la haya leído, entera o a trozos, pues ya tengo pedido el último libro de Pepe Rodríguez, Los pésimos ejemplos de Dios, gracias al cual quizá la lea con otros ojos.
 
Esto viene a que, hablando el otro día con mi amigo Alberto, recordé que tengo un texto sobre ciertos versículos y una escena de un capítulo de la serie "El ala oeste de la Casa Blanca", donde se critica la postura de ciertos católicos, en este caso Laura Schlessinger, locutora de radio y escritora, que atacan la homosexualidad amparándose en que La Biblia lo prohíbe expresamente en el Levítico 18, versículo 22 (en el Levítico 20:13 incluso se pena con la muerte). Hay que recordar que el Antiguo Testamento jamás se abolió, por mucho que digan los católicos que se hizo al morir Cristo en la cruz; ninguna autoridad eclesiástica, aunque debería ser un Papa, lo ha abolido nunca, con lo que sigue en vigor. Afortunadamente hay muchos creyentes que admiten que el Antiguo Testamento está totalmente desfasado y fuera de lugar hoy en día, pero también hay que decir que, desgraciadamente, también hay muchos que pretenden guiarnos a los demás según lo que allí se escribió, como si no hubiera pasado el tiempo.
Tanto la carta abierta como la escena de la serie no tienen desperdicio:

Laura Schlessinger es una conocida locutora de radio de los Estados Unidos que tiene un programa en el que da consejos en directo a los oyentes que llaman por teléfono. Saltó la polémica, y más cuando se mezclan temas de religión y homosexualidad, donde cada persona interpreta lo que dice Dios y la Biblia de una manera distinta, cuando la presentadora atacó a los homosexuales. Esta locutora dijo que la homosexualidad es una abominación, ya que así lo indica la Biblia en el Levítico, versículos 18:22, y, por lo tanto, no puede ser consentida bajo ninguna circunstancia.
Lo que a continuación transcribimos es una carta abierta dirigida a la Dra. Laura escrita por un residente en los Estados Unidos, que fue hecha pública en Internet.

Querida Dra. Laura: Gracias por dedicar tantos esfuerzos a educar a la gente en la Ley de Dios. Yo mismo he aprendido muchísimo de su programa de radio e intento compartir mis conocimientos con todas las personas con las que me es posible. Por ejemplo, cuando alguien intenta defender el estilo de vida homosexual me limito tan sólo a recordarle que el Levítico, en sus versículos 18:22, establece claramente que la homosexualidad es una abominación. Punto final. De todas formas, necesito algún consejo adicional de su parte respecto a algunas otras leyes bíblicas en concreto y cómo cumplirlas:
 
a) Cuando quemo un toro en el altar como sacrificio sé que emite un olor que es agradable para el Señor (Lev 1:9). El problema está en mis vecinos. Argumentan que el olor no es agradable para ellos. ¿Debería castigarlos? ¿Cómo?
 
b) Me gustaría vender a mi hermana como esclava, tal y como sanciona el Éxodo, 21:7. En los tiempos que vivimos, ¿qué precio piensa que sería el más adecuado?
 
c) Sé que no estoy autorizado a tener contacto con ninguna mujer mientras esté en su periodo de impureza menstrual (Lev 15:19-24).El problema que se me plantea es el siguiente: ¿cómo puedo saber si lo están o no? He intentado preguntarlo, pero bastantes mujeres se sienten ofendidas.
 
d) El Levítico, 25:44, establece que puedo poseer esclavos, tanto varones como hembras, mientras sean adquiridos en naciones vecinas. Un amigo mío asegura que esto es aplicable a los mejicanos, pero no a los canadienses. ¿Me podría aclarar este punto? ¿Por qué no puedo poseer canadienses?
 
e) Tengo un vecino que insiste en trabajar en el Sabat. El Éxodo, 35:2, claramente establece que ha de recibir la pena de muerte. ¿Estoy moralmente obligado a matarlo yo mismo? ¿Me podría apañar usted este tema de alguna manera?
 
f) Un amigo mío mantiene que aunque comer marisco es una abominación (Lev 11:10), es una abominación menor que la homosexualidad. Yo no lo entiendo. ¿Podría usted aclararme este punto?
 
g) En el Levítico, 21:20, se establece que uno no puede acercarse al altar de Dios si tiene un defecto en la vista. He de confesar que necesito gafas para leer. ¿Mi agudeza visual tiene que ser del 100%? ¿Se puede relajar un poco esta condición?
 
h) La mayoría de mis amigos (varones) llevan el pelo arreglado y bien cortado, incluso en la zona de las sienes a pesar de que esto está expresamente prohibido por el Levítico, 19:27. ¿Cómo han de morir?
 
i) Sé gracias al Levítico, 11:6-8, que tocar la piel de un cerdo muerto me convierte en impuro. Así y todo, ¿puedo continuar jugando al fútbol si me pongo guantes?
 
j) Mi tío tiene una granja. Incumple lo que se dice en el Levítico, 19:19, ya que planta dos cultivos distintos en el mismo campo, y también lo incumple su mujer, ya que lleva prendas hechas de dos tipos de tejido diferentes (algodón y poliéster). Él, además, se pasa el día maldiciendo y blasfemando. ¿Es realmente necesario llevar a cabo el engorroso procedimiento de reunir a todos los habitantes del pueblo para lapidarlos? (Lev 24:10-16). ¿No podríamos sencillamente quemarlos vivos en una reunión familiar privada, como se hace con la gente que duerme con sus parientes políticos? (Lev 20:14).
 
Sé que usted ha estudiado estos asuntos con gran profundidad, así que confío plenamente en su ayuda. Gracias de nuevo por recordarnos que la palabra de Dios es eterna e inmutable

Esta misma carta abunda mucho en Internet, como aquí o aquí, aunque yo la encontré en su día en apostatando que es gerundio.
 
La escena de "El ala oeste de la Casa Blanca" a que me refiero la tenéis a continuación, e imagino que se inspirarían en el caso de la doctora Laura. Bajo él tenéis el diálogo de la escena, ligeramente modificada para que concuerde exactamente, que me encontré en un blog.
 


 

"- Me gusta su programa. Me gusta cuando dice cosas como que la homosexualidad es abominable.
- Yo no digo que la homosexualidad sea abominable, señor Presidente. Lo dice la Biblia.
- Si, cierto. En Levítico.
- 18:22
- ¡Capítulo y versículo! Quiero hacerle un par de preguntas aprovechando que está aquí. Me interesaría vender a mi hija como esclava, tal como lo aprueba el Exodo: 21:7. Está en el segundo de carrera, habla italiano fluidamente y quita la mesa cuando le toca. ¿Cuál cree que sería un buen precio? Mientras se lo piensa le haré otra pregunta. Mi jefe de gabinete, Leo McGarry, insiste en trabajar en domingo. El Éxodo dice que quien trabaje el séptimo día debe morir. ¿Estoy moralmente obligado a matarle yo mismo o debo llamar a la policía? Ahora otra muy importante porque hay muchos fanáticos del deporte en la ciudad. Tocar la piel de un cerdo muerto lo convierte a uno en impuro: Levítico 11:7. ¿Si prometen llevar guantes pueden los del Washington Redskins seguir jugando al futbol? ¿Y los del Notredamme? ¿Y los del Westpoint? ¿Cree usted que todo el pueblo tiene que reunirse para apedrear a mi hermano John por plantar diferentes cosechas, una al lado de la otra? ¿Tengo que quemar a mi madre en una reunión familiar por llevar vestidos hechos de dos hilos diferentes? Piense en esas preguntas, ¿eh?.
¡Ah, otra cosa! Puede que usted haya confundido esta con una de sus reuniones mensuales con estrechos de mente, pero aquí cuando el presidente está de pie, nadie está sentado".

 
Y leeros El pequeño monstruo de la doctora Laura, resulta muy interesante.




1/8/2008

Parece que ya lo somos

escrito por @ 14:38. Archivado en La vida de Brian, Los 10 mandamientos
  


 
Aunque todavía no estoy convencido… El otro día fui a la parroquia a ver el libro, ya que todavía no había recibido la carta que acabo de recibir hace un rato. En el libro de bautismo habían anotado:

Nota:
Abjuró formalmente de la fe católica el día 11 de julio de 2008

Lo que creo es que han de anotar que no consiento en que se usen mis datos absolutamente para nada, así que estoy todavía investigando, aunque creo que ya podemos considerarnos ateos oficiales ;)




11/7/2008

Pues no me lo ha puesto difícil

escrito por @ 12:01. Archivado en La vida de Brian, Los 10 mandamientos
  

No ha sido tan complicado como pensaba. Creía que el Vicario General me lo iba a poner más difícil, que me iba a preguntar los motivos de mi decisión y ya tenía los argumentos masticados, pensando argumentar solo mi condición de ateo para tomar la decisión de apostatar, puesto que mis otras razones no le iban a gustar lo más mínimo y prefería no tener que hablar de ellas.
Pero no me ha soltado siquiera un discurso paternalista, muy propio de los religiosos; tan solo me ha dicho que imagina que sé las consecuencias de mi decisión, que no podré ser padrino de bodas o bautizos y que el día que me muera (ha deseado que tarde mucho en llegar) no podré tener un funeral católico. Luego ha añadido que si algún día cambio de opinión tendrán los brazos abiertos para acogerme de nuevo. Finalmente, me han hecho firmar una declaración de abandono de la fe católica, donde dice textualmente:
 

DECLARA:
 
Que renuncia formalmente a la fe a la que se adhirió por el bautismo y que no quiere ser considerado en adelante como miembro de la Iglesia Católica.

 
Nada más. Y ahí daba por terminada nuestra pequeña reunión.
 
Como ya estaba puesto sobre aviso, tal y como leí en la página de Pepe Rodríguez, en su apartado "Proceso", le he dicho que espero recibir en unos días una carta informándome de que se ha hecho anotación en los libros de bautismo del acto. Me ha dicho que no es necesario, que con el documento que hemos firmado es suficiente. Pero ese documento no significa nada salvo mi renuncia a la fe católica, un documento inconcreto que no me hace apóstata formal. Así que le he dicho que debo recibir una carta comunicándome que se ha hecho efectiva la apostasía en los libros de bautismo y le he pedido que, por favor, me la manden. Esa carta es lo único que tiene validez, lo único que me garantiza que se me excluye de la iglesia católica.
 
También le he preguntado acerca de lo que comenté sobre la entrega de ficheros a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me ha dicho que lo desconoce en absoluto, que es la primera noticia que tiene y que no cree que sea cierto. No he querido insistir, así que lo he dejado correr y me daré por satisfecho con que me borres de los listados de aquí.
 
Lo malo de todo esto es mi tía. Lo lamento por ella, pues mis tíos son religiosos y no creo que les haga mucha gracia, así que me gustaría que no se enteraran. Pero uno ha de ser consecuente con sus creencias y no podemos pertenecer al mismo club de católicos siéndolo ellos y yo no, ¿verdad?
 
Y ahora, a esperar los 10 días de rigor.




8/7/2008

Catolicismo + apostasía = libertad

escrito por @ 14:27. Archivado en La vida de Brian, Los 10 mandamientos
  

"La verdad os hará libres" (Jn 8,32), la mentira, creyentes.

Tal y como dice el evangelio de San Juan en su capítulo 8, versículo 32, y como matiza Pepe Rodríguez en el introito de su libro Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, por fin estoy empezando a sentirme completamente libre, ya que la cosa ya está en marcha y voy camino de ser ateo "de iure".
 
Hace tiempo ya dije que tenía un asunto pendiente con la Iglesia y ya ha llegado el momento, pues mis hijos ya tomaron la Comunión y, como ya dije en su día, no quise estropearles la ilusión que tenían. Así que ya he solicitado la partida de bautismo en San Cristóbal, la parroquia donde me bautizaron, que me dan esta tarde, y estoy a la espera de la llamada del obispado (mapa) para concertar una cita me acaban de llamar del obispado (mapa) para citarme este viernas a las 12 y, supongo yo, me darán la típica charla de diván de psicólogo para tratar de convencerme de que no lo haga.
Así que ya tengo preparada la solicitud, según el modelo de Ateus de Catalunya, aunque descargado de "apostatando que es gerundio…", porque la versión de Pepe Rodríguez me ha parecido demasiado elaborada, demasiado empalagosa, así como también algunas resoluciones de la AGPD, y a la espera de ir a la cita con el Vicario del obispado. Y espero que no me tiren de la lengua, pues no quisiera tener que decirles todo lo que pienso de ellos, más que nada para que no se pongan en contra y me lo hagan todo más difícil.
 
Y hay una cosa que me ha dejado preocupado y no sé si plantearlo y exigir su cumplimiento, y es el siguiente texto del modelo para apostatar (PDF) que hay en la web de Pepe Rodríguez:
 

Muy particularmente se exige al responsable de la Iglesia católica a quien se dirige este acto que, en un plazo no superior a los dos meses, tramite ante la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia mormona), con sede en Utah, la eliminación total de los datos registrales de quien comparece y de todos sus familiares, vivos o fallecidos, que esa Iglesia posee de forma ilegítima desde que las diócesis católicas le permitieron microfilmar sus registros parroquiales y utilizarlos para sus fines privados, todo ello sin autorización de los millones de afectados cuyos datos figuran informatizados en la base de datos familiares que esa religión tiene a buen recaudo bajo una montaña de granito en Little Cottonwood (Salt Lake City). De ese trámite deberá darse cuenta documental indubitada a quien suscribe este documento.

Nota: los enlaces no figuran en el documento original.

 
No he encontrado referencias a este hecho, salvo una pequeña noticia en un periódico católico, lo cual me hace pensar que es cierto. El caso es que estoy dudando si exigir también este punto o conformarme con que me borren de los registros de aquí. Aunque, seguramente, sí haga alguna referencia a ello en la entrevista.
 
Bueno, espero tener buenas noticias, para mí, por supuesto, en unos días y poder decir que no soy católico, ni cristiano, ni nada, que soy ateo positivo o, como mucho, pastafarista ;)
 
Entradas relacionadas:
Yo también quiero ser apóstata
No hay escapatoria a la religión




7/10/2007

No hay escapatoria a la religión

escrito por @ 3:42. Archivado en Los 10 mandamientos
  

LLevo una temporada que no escapo a la religión. Lo más gordo de estos días es que mi hija ha empezado su adoctrinamiento católico. Sí, sí.. ya sé lo que diréis los católicos, que dicho así no es cierto,, pero la verdad es que así es, que va a que los católicos le enseñen SU doctrina. ¿Y por qué dejo que adoctrinen a mi hija si es algo que no me gusta? Pues que no piense nadie que no tengo remordimientos, es algo que no me gusta. Pienso que todavía no está en edad de definirse religiosamente, pero nuestro entorno social nos lleva a esto. Todos sus compañeros de la escuela van a hacer la comunión, no hay alternativas laicas, así que casi todos los niños la quieren hacer, no por convicción, sino por materialismo; todos esperan esa montaña de regalos que les cae encima, con sus teles, peesepés, peesedós, nintendos, relojes, juegos, y un largo etcétera. Le di a elegir entre hacer la comunión o hacer un viaje, y eligió la comunión, y no me siento capaz de negárselo.
Cualquier católico devoto me echará en cara que lo haga, pero prefiero tragarme mi hipocresía (que no es tal, pues no finjo nada) a quitarle la ilusión a una niña de 8 años. Aunque no nos engañemos, quien verdaderamente se beneficia de la ilusión de los niños es la iglesia, con sus legiones de catequistas, catecismo en mano. En fin…
 
También he caído estos días en alguna web sobre temas religiosos. Y es curioso lo que ocurre. Cualquiera que me conozca mínimamente verá que no me siento laico, ni siquiera agnóstico. Que lo que soy es un ateo de esos que la iglesia católica hubiera disfrutado quemando en la hoguera hace unos cuantos años. Pues bien, la religión es uno de mis temas preferidos. Pero no en su sentido puramente religioso y espiritual, sino en su aspecto histórico. Me encantan las novelas donde la religión tiene un gran protagonismo (Los pilares de la tierra es una de mis novelas favoritas), al igual que las películas. Se aprende mucho leyendo, abre la mente y ayuda a pensar por uno mismo. Cuanto más aprendes, más capaz eres de decidir por ti mismo en lo que crees y en lo que no.
 
En una de las webs en las que he tropezado me encontré este texto:

Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos.
 
Me parece una injusticia y un error tratar de impedirselo.
 
El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
 
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de caracter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
 
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
 
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestrucuturadas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familas católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
 
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruín de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.
 
Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
 
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!".
 
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bién es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor problabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
 
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
 
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitirseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.
 
Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

El texto pertenece a Psicobyte y se puede leer aquí: Matrimonio y católicos (muy interesantes también algunos cometarios).
También he acabado en la página de discusión del artículo de la Wikipedia acerca de la Inquisición, que aún no he acabado de leer por su extensión, donde he encontrado un párrafo que me gustaría que alguien me tradujera, si es capaz de entenderlo:

Lo cual parece ser imposible en lo mismo que supone, pues ¿quién no alcanza fuera superfluo a la misma naturaleza mandar en sí como en extraño lo que posee ab intrinseco, sino primariamente en razón formal, secundariamente en consecución de propiedad suya insita, innata e inseparable, cual apetito inserto en sí misma?

En esta página de discusión hay un enfrentamiento dialéctico muy interesante acerca del papel de la Inquisición.
 
Todo esto vino, no sé por qué regla de tres, desde que tropecé, tampoco sé cómo llegué ahí, con un blog sobre la apostasía, que es algo que tengo pendiente de hacer desde hace tiempo. En este blog hay algunos artículos, desde el punto de vista histórico, muy interesantes, lo mismo que algunos comentarios muy instructivos.
 
En fin, que la religión a día de hoy es como la propia sombra, que por mucho que corras y por muy lejos que vayas, siempre te persigue.




16/10/2006

Secretos de confesión

escrito por @ 12:41. Archivado en Los 10 mandamientos
  

Anoche estuve viendo "Secretos de confesión", un telefilme de esos que pasan sin pena ni gloria, a pesar de tener varios actores conocidos, basado en hechos reales. Trata de los escándalos en la iglesia católica de los Estados Unidos, salpicando a uno de sus cardenales y como es un tema que me interesa bastante, pues le eché un ojo a la película, que ciertamente no es gran cosa.
 
Y como siempre que veo o leo algo que me llama la atención, en este caso también extraje algo, un pasaje de la Biblia que recita uno de los sacertotes, no implicado en el escándalo:

En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: "¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?" Él llamó a un niño, le puso en medio de ellos y dijo: "Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos.
Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene!

Evangelio según San Mateo, Capítulo 18, versículos 1 a 7

 
Esto no se cita en el telefilme, pero la Biblia continúa así:

"Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna del fuego.
Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos.

Evangelio según San Mateo, Capítulo 18, versículos 8 a 10

 
Como siempre, resulta chocante ver el particular modo de interpretar la Biblia que hacen las altas esferas de la Iglesia Católica, totalmente distinto a lo que está escrito, ocultando a sus sacerdotes al trasladarlos de sitio e ignorando totalmente a las víctimas. ¿Esta es la iglesia de Jesús o es la iglesia de sus cardenales? Lo único que me alegra es que, tal y como creen ellos, ninguno de estos elementos entrará en su Reino de los Cielos. ¡Al infierno con todos ellos!
 
Sí, es un tema un tanto viejo ya, pero nunca está de más recordar las miserias humanas, vengan de donde vengan.
 




27/7/2006

El gran inquisidor

escrito por @ 21:18. Archivado en Los 10 mandamientos
  

Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él… Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.
Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.

-¡Él resucitará a tu hija! -le grita el pueblo a la desconsolada madre.

El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.

Pero la madre profiere:

-¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).

La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta… Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

-¡Prendedle! -les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.

Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.

Muere el día, y una noche de luna, una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.

De pronto, en las tinieblas, se abre la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lentamente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:

-¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta, prosigue:

-No hables, calla. ¿Qué podrías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Por qué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo… No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda…

Y el anciano, mudo y pensativo, sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.

-El Espíritu terrible e inteligente -añade, tras una larga pausa-, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?…

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no les permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no sólo de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que sólo hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos -huyendo aún de la persecución, del martirio-, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca -¡nunca!- sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?… Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que -¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles!- nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía… Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos -haciéndoles felices-: el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseabas de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfecho del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata sólo de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal de que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos… Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él…; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo -¡ocho siglos!- que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlán, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia -los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia-; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te enorgullecerás de tus elegidos, pero son una minoria: nosotros les daremos el reposo y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuántos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios y exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros -los más-, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan -obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno- que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en panes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad -no, como Tú, el orgullo. Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con qué facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar -¡su naturaleza es tan flaca! Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.

Todos los millones de seres humanos serán así felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes. Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho. Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice:

-¡Vete y no vuelvas nunca…, nunca!

Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

Fragmento de Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski

 
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