Perdonen que no me levante


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Los asesinos del emperador

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—¡Por mi hijo muerto, por mi esposo muerto, por el César Tito muerto, por Flavia Julia muerta, por Flavio Clemente muerto, por los hijos muertos de Flavia Domitila, por todas las noches pasadas contigo, por todos los días pasados a tu lado, por todo el horror que me has hecho presenciar, por toda la sangre que has vertido, por todos los hombres y las mujeres muertos y corrompidos y torturados bajo tu mandato de terror y locura, por todos y cada uno de ellos y por mí misma, Domicia Longina, emperatriz de Roma, una mujer, porque una maldita mujer puede más que un dios de mentira como el que ahora se cae ante mis pies! ¡Muere una y mil veces muere, Tito Flavio Domiciano! —Se agachó para acompañar al César en su lenta caída de mirada perdida, incrédula, absurda—. ¡Y te aseguro que no eres ni has sido ni serás ya nunca un dios! ¡Te aseguro que el Senado borrará tu nombre de todos los escritos públicos y privados y borraremos todos tus perfiles de todas las monedas y destruiremos todas tus estatuas! ¡Escúchame, escúchame, maldito, escúchame mientras te mato, mientras te mueres, escúchame mientras te mueres de una vez por todas y empápate de mi odio y de tu sangre vil!

La emperatriz lo cogió del brazo cuando Domiciano medio cerraba los ojos por la falta de aire y estaba a punto de caer, lo agarró y lo sacudió para que viviera unos instantes más, unos instantes en los que decirle algo más, algo que se llevara al otro mundo y que le torturara por siempre en el reino del Hades.

—¡Y arrastraremos tu cuerpo maldito por las calles y dejaremos que los perros se lo coman y luego quemaremos a los perros y arrojaremos sus cenizas al Vesubio para que se pudran por siempre en las lentas fraguas de Vulcano, por siempre! ¡Por siempre! ¿Me oyes? ¿Me oyes, maldito Dominus et Deus de la muerte, me oyes? ¿Oyes a Domicia Longina? Porque sí, soy Domicia Longina, tu amada y querida y sometida esposa y esta daga… —con la destreza de quien está disfrutando, sin importarle el futuro próximo, a la vista de todos los pretorianos petrificados ante el emperador herido de muerte, arrodillado junto a su esposa, Domicia Longina extrajo, retorciéndola todo lo que pudo, la daga de Tito y se la enseñó, repleta de sangre y trozos de carne a un exhausto Domiciano, de mirada vacía, hueca, que intentaba farfullar una respuesta pero que sólo acertaba a escupir más y más sangre que vertía sin control sobre el rostro de Domicia que, feliz, feliz como nunca, se bañaba en aquella sangre y hasta la saboreaba con su boca mientras transmitía su último mensaje—… y ésta, querido esposo, es la daga de tu hermano, Tito, que, para que lo sepas, era infinitamente mucho más hombre que tú en todo: en la guerra, en la paz, en el gobierno del mundo y en la cama.

Los asesinos del emperador, de Santiago Posteguillo

Escrito por: ummo
30/11/2011 a las 13:06

Comentarios

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    Por http://traitementcontrelacne.wordpress.com/ 24/1/2014 @ 14:11

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