Diarreas mentales de un pendejo electrónico
Tengo 71 amigos en Facebook, y otro en camino, como los embarazos. No son muchos, la verdad. La verdad es que es una miseria, en vista de la cantidades descomunales de amigos que tienen algunos de mis amigos pero, eso sí, son amigos seleccionados y los conozco a todos, personal o virtualmente. ¿Todos mis amigos conocerán a todos los amigos que tiene cada cual o los tienen solo por hacer bulto?
Bueno, pues con tantos amigos que tengo, salvo unos cuantos, no muchos, no hago más que ver fotitos haciendo posturitas, juegos de granjas, consultas al horóscopo o a la frase del día, mensajes en mi Muro que no los ha puesto mi amigo, sino un virus porque ese amigo fue tan iluso como para pinchar donde no debía, juegos de preguntas y respuestas y cientos de chuminadas más.
Todo eso está muy bien, entretiene a los amigos que no saben en qué emplear su tiempo, o eso creo yo, porque si tuvieran tan poco tiempo como yo no lo podrían perder en algunas cosas tan inútiles, pero cada cual se entretiene como quiere, ¿no?. Que conste que no lo critico, me parece estupendo que cada cual haga lo que quiera. Lo respeto, por supuesto, aunque no lo comparto. Lo que yo me pregunto es si todos esos que dedican parte de su tiempo a trastear por las redes sociales saben qué otras utilidades tienen. Imagino que sabrán que pueden utilizarse para encontrar trabajo o para buscar viejos amigos perdidos pero, ¿se habrán dado cuenta de que en Egipto, por ejemplo, se usaron para derrocar a un dictador?
En España tenemos estos días la oportunidad de hacer algo grande, de cambiar un poco este sistema pseudo-democrático manipulado por políticos y banqueros. La gente se ha echado a la calle, se publican cientos, miles de fotos, vídeos, enlaces a artículos, proclamas y consignas, sentencias jurídicas o artículos de opinión. Algunos las publicamos en nuestros Muros y algunos de nuestros amigos las comparten en los suyos para que las vean sus amigos. Pero, como decía, son unos pocos. La gran mayoría o no se entera o pasa olímpicamente, como si no le interesara lo más mínimo o no le afectara en absoluto. ¿Tanto cuesta pinchar donde dice "Compartir", publicarlo en tu Muro y que lo vean tus amigos para que hagan lo mismo? Las cosas importantes, las cosas que queremos que se divulguen, las que nos afectan en nuestro modo o calidad de vida, por la simple progresión geométrica si lo compartimos entre todos, llegan a una cantidad inmensa de gente.
Esto es lo que se ha hecho en las revueltas de Egipto o Túnez, lo que ha permitido que en Occidente sepamos qué sucedió allí al evitarse la censura, lo que permitió que, gracias a la comunicación, los dictadores fueran derrocados. Aquí no tenemos un dictador que derrocar (bueno, según se mire, pues podríamos decir que tenemos uno que derrocar o impedir que otro llegue al poder) pero tenemos que conseguir un futuro mejor para todos, en el que no nos domine la casta política o los mercados, capitaneados por los bancos, y para lograr eso hay que divulgar la información primero y actuar después. Si la información se estanca, si no circula, si no se comparte, no llega a su destino y acabamos aborregándonos, que es como hemos estado hasta ahora. Está claro que no todos nos podemos echar a la calle cuando es necesario (aunque no estaría de más un pequeño esfuerzo) o nos podemos pasar una semana acampados en la calle, pero lo menos que podemos hacer es compartir la información y hacer que circule, que nos cuesta muy poco.
Para lo de Egipto se utilizó fundamentalmente Twitter, una red social muy ágil, mucho más que Facebook, pero esta cumple su cometido igualmente. Solo hay que utilizarla correctamente.
Preparados para el cambio.
Sal a la calle.
Difunde la causa.
Involucra a tu gente.
"Los capitalistas privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos."
Albert Einstein, "¿Por qué socialismo?"
Publicado por primera vez en la revista Monthly Review, Nueva York, Mayo de 1949.
Hace unos días asistí a una curiosa conversación con alguien que ha estado en el poder bastantes años. Afirmaba no sentir ninguna nostalgia de su paso por el Gobierno y bendecía el momento en que terminó su paso por la vida pública y empezó otra vez su periplo en la empresa privada. Debo decir que en la conversación, absolutamente monopolizada por él, como ya es costumbre entre los hombres de cierta edad que han mandado bastante (al parecer, mandar conduce también a que el sonido de tu propia voz te fascine), estaban también otras personas, que, como yo, nunca habían tenido un cargo.
Una de esas personas le preguntó si su paso por el Gobierno le había facilitado el trabajo que tenía en este momento. Nuestro hombre bufó y montó en cólera, acusando al interlocutor prácticamente de todos los crímenes de la humanidad, incluyendo el asesinato de Kennedy. Tan fuerte fue su reacción que todos los que allí estábamos enmudecimos aún más.
Estaba claro que, efectivamente, a nuestro hombre el paso por la política le había facilitado la pertenencia a consejos de administración de empresas diversas y su reacción no hacía sino confirmar lo que todos sabíamos. Por mi cabeza pasó la idea de preguntarle qué puñetas hacen en esos consejos de administración personas que no poseen ningún conocimiento concreto sobre la especialidad de la empresa a la que supuestamente aconsejan. Pero como con los años he aprendido a callarme delante de gente abducida por su propia vanidad, opté por un silencio lo más hostil que pude.
En el metro, de camino a casa, con el sonido de fondo de un acordeón tocado por un rumano y escuchando las conversaciones de mujeres que volvían de trabajar limpiando oficinas, pensé en el abismo cada vez mayor que separa a los que ostentan el poder de la realidad pura y dura.
En el momento en que uno se monta en un coche oficial desaparecen la miseria, las penurias, el mundo precario en el que hacen malabares para llegar a fin de mes los votantes que apoyaron a esos señores que acaban cobrando un sueldazo por asistir a un consejo de administración en el que pasan el rato haciendo sudokus. O haciendo nada. El actual desprestigio del que goza nuestra clase política tiene una multitud de causas, pero hay tres que son fundamentales: la más fea es la corrupción contemplada casi como un mérito en ciertas zonas del Estado. La más peligrosa es la realidad paralela en la que la mayoría de los políticos parecen vivir: aislados de los ciudadanos, convierten en problemas cosas que no lo son y no se enfrentan a los problemas reales que, a poco que uno vaya en metro (no solo cuando hay que inaugurar alguna obra faraónica), al mercado (no solo a besar niños y estrechar manos) o a cualquier bar de barrio, son bastante fáciles de detectar. La más patética es ese patio de colegio en el que se convierten los partidos a la hora de decidir quién va, en qué orden y en qué lista. ¿No podrían ahorramos al menos el penoso espectáculo de los codazos, del quítate tú para ponerme yo? ¿Es eso pedir demasiado?
El escritor Juan Gómez-Jurado, demostrando que le sobran los huevos que le faltan a ciertos cantantes bocazas que no los tienen para cumplir sus propios desafíos, ha llevado el reto que aceptó más allá si cabe, después de poner su libro "Espía de Dios" a disposición de sus seguidores en Twitter (y después a todo el mundo) de forma gratuita a cambio de una donación de 1 euro a Save the Children, la ONG de ayuda a los niños.

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Al primer amor se lo quiere más, a los otros se los quiere mejor. (Antoine de Saint Exupery)
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