
Título: La sangre de los inocentes
Autor: Julia Navarro
Temática: Novela histórica
ISBN: 978-84-01-33637-9
Páginas: 600
De qué va:
“Soy espía y tengo miedo…”
Así empieza la crónica que escribe en el siglo XIII fray Julian sobre el cruel asedio a Montsegur y la lucha entre cátaros y católicos.
Siglos después, en 1939, un medievalista agnóstico emprende un peligroso viaje por el Berlín nazi en busca de su esposa de origen judío.
En la actualidad, un grupo de musulmanes radicales se inmola en Francfort dejando tras de sí un mensaje críptico que pone en estado de alerta al Centro Antiterrorista de la Unión Europea, cuyos agentes, con la ayuda de los servicios secretos del Vaticano, intentarán desvelar el enigma que une la intolerancia de la Inquisición, la sinrazón fascista y el integrismo islámico en una frase: Algún día alguien vengará la sangre de los inocentes.
Un musulmán captado por una célula terrorista, un jesuita experto en herejías, un conde francés obsesionado por una dramática herencia familiar, un hombre misterioso –El Facilitador– que desde la sombra maneja los hilos del poder junto con una intrépida joven de los servicios antiterroristas protagonizan este apasionante libro sobre la venganza y la traición, con el violento conflicto entre Oriente y Occidente como telón de fondo.
En su novela más madura y ambiciosa, Julia Navarro sorprende con una vertiginosa aventura que nos transporta a lugares como Jerusalén, Granada, Roma o Estambul, y que indaga en las causas del fanatismo religioso y la intolerancia a lo largo de los siglos.
Comentario: Pues me ha gustado, la verdad. No es la novela medieval pura que tanto me gusta de un tiempo a esta parte, pero resulta bastante entretenida, con tres tramas diferentes a lo largo del libro que parece que sean libros diferentes, aunque todas relacionadas entre sí. Recomendable.
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Pasajes:
Ella, la Gran Ramera, vive envuelta en ropajes damasquinados, rodeada de sirvientes y riqueza, lejos de los pobres y enfermos, sirviendo al Diablo, porque es parte de él.
—¡Madre, blasfemáis!
—No lo hago, Fernando, y tú… y tú, hijo mío, bien lo sabes. Tú conoces la avaricia de la Iglesia que nosotros llamamos la Gran Ramera. Tú y los que son como tú habéis visto su iniquidad; no te pediré que lo aceptes aquí y ahora, pero sé cómo eres y por tanto sé que eres bueno, que estás dispuesto a morir por los débiles, a sacrificarte por los necesitados, a dar tu vida por Dios, sin esperar nada a cambio. Escucha: Julián escribirá esa crónica, y relatará que tuvimos en doña Blanca de Castilla una fanática y poderosa adversaria; sin ella Francia no existiría y Raimundo conservaría el condado de Tolosa.
—Doña Blanca ha sido generosa con los condes de Tolosa y de Foix; por su mediación el rey no les ha castigado tan severamente como merecían —acertó a decir Fernando.
—¡No seas ingenuo! Doña Blanca es el mejor gobernante de Francia. Sin ella, su hijo no sería nada. Si Luis se ha mostrado misericordioso no ha sido por otra razón que por consejo de su madre. Doña Blanca no tolerará que se empobrezca más esta tierra a causa de la guerra, y no lo consiente porque muy pronto pertenecerá íntegramente a la Corona. Cuando caiga Montségur, nuestro país habrá muerto.
— Y tú, Laila, ¿siempre comes con los hombres? —preguntó de improviso a su prima.
—¿Acaso te ofende que me siente a comer en mi propia mesa?
—No, pero… bueno, veo que tu madre nos sirve como hacen las buenas musulmanas y que tu cuñada la ayuda, pero ninguna se ha sentado con nosotros.
Mohamed se revolvió incómodo en la silla mientras que su padre sintió la mirada de su esposa clavarse con rabia en su sobrino.
—Esto es España, Mustafa —respondió Laila—, y yo soy española. Hace años que tengo la nacionalidad. Aquí no hay diferencias entre mujeres y hombres, todos tenemos los mismos derechos y deberes. No me importa ayudar a servir la cena; lo hago encantada, pero no comparto que mi madre no pueda sentarse con nosotros y que tampoco lo haga Fátima. ¿Qué hay de malo en comer juntos? No creerás que a Alá le importa que lo hagamos.
—La tradición es ley y debemos respetar nuestras propias leyes. Por más que hayas cambiado de nacionalidad eres quien eres: Laila, la hija de tus padres, marroquí y musulmana, ¿o acaso has apostatado de nuestra fe?
—Soy creyente y cada día que pasa siento que Alá me da más fuerzas para vivir y hacer lo que hago.
—¿Y romper con la tradición es lo que crees que debes hacer?
—Tenemos que entrar en el siglo XXI, Mustafa. El reloj no se para. Lo han hecho los cristianos, lo han hecho los judíos, y nosotros no podemos seguir retrasándolo. Dime, Mustafa, si tuvieras un cáncer, ¿irías a un hospital? ¿Permitirías que te operaran y te dieran un tratamiento del siglo en que vivimos o preferirías que te pusieran un emplaste y te dieran una cocción de hierbas para curarte?
—No sé qué pretendes decir —respondió Mustafa, malhumorado.
—Pues que si tuvieras una grave enfermedad te curarías con remedios de este siglo, no te empeñarías en morirte porque en el pasado se curaba con sangrías y emplastes. Tenemos que adaptar nuestras costumbres al mundo actual, y eso nada tiene que ver con la fe ni con la piedad. Yo soy creyente, Mustafa, pero si me pongo enferma voy al médico, si quiero ir de viaje lo hago en avión, en tren, en autocar, en barco, como tú lo has hecho; no me subo en un pollino para ir de un lugar a otro. Si me quiero informar de lo que sucede en Marruecos pongo la televisión, no espero a que un pariente nos escriba diciendo lo que allí sucede. Para saber de la familia utilizo el teléfono, lo mismo que tú. Y no confiamos los alimentos al fresco de la noche, sino que los guardamos en la nevera. El mundo ha cambiado, Mustafa, el reloj no se ha parado, y nosotros debemos adaptar nuestras costumbres, nuestras normas, al mundo en que vivimos; debemos leer los textos antiguos con otra mirada, sin perder lo esencial, y lo esencial es que Alá existe y que no debemos olvidar que es el Misericordioso.
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